HAY una enorme distancia entre las preocupaciones a corto plazo de los ciudadanos europeos y la estrategia a medio plazo de sus líderes políticos. Se puso de manifiesto cuando en 2005 se le preguntó a franceses y holandeses su opinión sobre el Tratado Constitucional, y se ha confirmado con la sorprendente oposición de los irlandeses al Tratado de Lisboa. Sorpresa, aunque Irlanda ya votó en contra del Tratado de Niza, en 2001. Pero en esta ocasión la participación ha sido muy superior a la de entonces y los euroescépticos han conseguido una amplia ventaja de siete puntos. Como en Francia en 2005, una extraña coalición de fuerzas reaccionarias e izquierdistas ha conseguido movilizar más a la opinión pública que los políticos institucionales. Y, como en la República Francesa hace tres años, el público ha votado con el egoísmo nacional en la mano, en clave local: grupos antiabortistas, empresarios que se resisten a renunciar a privilegios fiscales, emprendedores que miran más a Boston que a Berlín, agricultores que están en contra de la liberalización del comercio mundial, pacifistas contrarios a todo alineamiento, o trabajadores temerosos de perder su empleo por el dumping social en los países del Este han votado contra la globalización, no contra el Tratado de Lisboa, que decía desconocer hasta el nuevo primer ministro, Brian Cowen. Un país que ha pasado en sólo una década del furgón de cola a liderar la renta per cápita europea no se siente seguro. El jueves, 1.600.000 votantes irlandeses comunicaron su malestar a los 500 millones de ciudadanos de la Unión. El Tratado de Lisboa, que prevé un presidente del Consejo por dos años y medio, un ministro de Exteriores, una Comisión más reducida, un Parlamento con mayores poderes, un sistema de voto más democrático y la posibilidad de refrendos por iniciativa popular ha perdido la única votación ciudadana prevista. Los jefes de Estado y de Gobierno que se reúnen jueves y viernes en Bruselas tienen más trabajo y una nueva preocupación. La presidencia francesa, que empieza el 1 de julio y aspiraba a lanzar debates imprescindibles sobre inmigración o energía, deberá desgastarse para buscar una salida al embrollo irlandés. Mala noticia.

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