El poliedro

Irresistiblearoma del poder

No todos sentimos la necesidad de influir en los demás, algo común en política y en el alto nivel ejecutivo

ES posible que la pirámide más citada no esté en Egipto, y ni siquiera sea material: la ideó un judío ruso emigrado a Estados Unidos y quiere explicar qué cosas motivan a las personas. Asignaturas de Psicología o Economía, módulos de MBA e incluso ciertos anuncios de gasolineras cuentan entre sus programas y argumentos la Pirámide de necesidades de Maslow, a pesar de que, según los expertos, su rigor es tan dudoso como pedagógicamente poderoso es su esquema. Con permiso de la academia y del propio Maslow, q.e.p.d., la teoría viene a decir que sólo cuando las personas satisfacen sus necesidades de índole inferior (comer y beber, asegurar el bienestar de su familia y su propiedad), empiezan a activar otro tipo de necesidades, por cuya satisfacción orientan sus actos: querremos ser apreciados y pertenecer a un grupo social más allá de la familia (una peña deportiva, una tertulia, una pandilla de romeros, una hermandad de penitencia, un cheers en la esquina), satisfecho lo cual activaremos la necesidad de querernos a nosotros mismos (o sea, tener autoestima, auténtico grial de la estabilidad emocional), satisfecho lo cual querremos plantearnos retos y alcanzarlos, sintiéndonos así "autorrealizados". La autorrealización es la cúspide para Maslow (una publicidad de Repsol identifica, ahí es nada, el uso de su combustible Diesel 10 con estar de lo más realizado). Maslow, por tanto, no menciona la necesidad de poder, que no tienta ni mueve a todas las personas. No todos queremos influir en nuestro entorno ni en el comportamiento de los demás de forma continua. La excepción más clara a la indiferencia por el poder la representan las cabezas visibles de la política y de la empresa. En los últimos tiempos, hemos asistido a algunos significativos trasvases entre estos dos mundos: hace poco, Rodrigo Rato saltaba de la política a la empresa; esta semana, un predilecto de Rato y ex presidente de Endesa, Manuel Pizarro, debuta con picadores en la política.

Que Rato quisiera rentabilizar su vida en la antesala de la jubilación, tras muchos años de servicio político, es normal. Tras ostentar con éxito de crítica la cartera ministerial de Econo'''''''mía, y cuando se tenía por muy probable que volviera de Washington para tomar las riendas del PP tras dejar increíblemente plantado al FMI -todo un desplante sin precedentes: sólo ganaba unos 300.000 euros al año, y digo "sólo" sin ironía alguna-, desde esta sección (Otra cuerda para Rato, publicado semanas antes de abandonar la dirección del FMI) se apostaba por su salto al coso empresarial: asesor, consejero, miembro de think-tanks, administrador de su agenda. Dinero con mayúsculas, poder informal, ajeno a las estructuras y los corsés. Efectivamente, esas sirenas apetitosas para una personalidad como la suya sedujeron a Rato; fueron ellas quienes lo trajeron precipitadamente de vuelta a casa. Ésa -y no la briega en el revuelto coso popular- era la motivación que le hizo abandonar un cargo hace una década inimaginable para un español.

También es normal el otro caso. Como mínimo, era previsible. Pizarro, que se batió el cobre -ahorremos letras- contra las pretensiones del Gobierno con la Endesa que él presidía desde que lo nombraron Aznar y Rato, desembarca en la política por la puerta grande. En el peor de los casos, en abril será parlamentario de timón cuatro años, y cerebro económico de la oposición. En el mejor, será ministro de Economía. Poder formal, ni de lejos tan rentable salarialmente como la presidencia de la eléctrica, pero poder del que ningún psicólogo de la motivación pudo nunca ni oler, como tampoco lo catará la mayoría de los mortales. De "las bambalinas" (dijo Solbes), a Génova y las Cortes.

Dos trayectorias políticas y empresariales en apariencia inversas en su evolución, pero que se han encontrado en el camino con frecuencia y ha compartido el vigorizante sabor del poder.

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