La ciudad y los días

Carlos Colón

Jaime el Gaitero

DE la misma forma que, como veíamos ayer, Mussolini inventó el doblaje obligatorio para preservar la lengua nacional, la imposición lingüística que hoy padece Cataluña, y que afecta hasta a los rótulos de los comercios, tiene su precedente en el celo españolista del franquismo que pretendió imponer que los cócteles se llamaran combinados; los córner, saques de esquina; el fútbol, balompié; todos los equipos que se titularan Athletic, Atlético; las vedettes, artistas de variedades; el coñac, jeriñac. Famoso se hizo el chiste de Pemán (a quien erróneamente -como en su día aclaró Antonio Burgos- se atribuyó la invención del vocablo) sobre lo del jeriñac: "¿Qué desea el señor?", pregunta el camarero. "Jeriñac", contesta el patriótico bebedor. "Al fondo a la derecha", le indica el camarero. Presos del vértigo nacionalista algunos ayuntamientos prohibieron rotular con nombres extranjeros los establecimientos de nueva apertura y hasta se obligó a cambiar a algunos ya existentes (hasta se barajó, se cuenta, llamar El Corte Español a los famosos grandes almacenes). A estos disparates lingüísticos se añadieron los patrióticos que quisieron imponer que se llamara suiza a la montaña rusa, Azul a la Caperucita Roja y nacional o imperial a la ensaladilla rusa.

Fue un brote enfermo de nacionalismo, como los que ahora se dan en Cataluña, que exageraban tendencias latentes desde el siglo XIX y, en su manía de españolizar los nombres, han dejado anécdotas tan jugosas como la de la noticia de "Los crímenes de Londres" que publicaba La Vanguardia el 6 de octubre de 1888: "Nuestros lectores tienen ya noticia de los dos nuevos asesinatos perpetrados en aquella ciudad con circunstancias que difieren poco de las que concurrieron en los anteriores crímenes. El criminal continúa impune, y lo que es más, libre y dispuesto a cometer nuevas atrocidades que hagan desbordar la indignación pública, ya excitadísima. Así lo manifiesta en una carta dirigida a la Central News, que como no es probable sea una lúgubre broma, es el colmo del cinismo, pues en ella dice que desafía a que se dé con él y que seguirá en su tarea horrible. Firma Yack the Piper, es decir, Jaime el Gaitero". Como ustedes ya habrán supuesto un error primero -confundir ripper (destripador) con piper (gaitero)-, y después la manía de españolizar los nombres extranjeros, convirtió a Jack el Destripador en Jaime el Gaitero. En la Cataluña actual sería Jaume el gaiter.

Paradoja: lo más ranciamente nacionalista y carpetovetónico que sobrevive de la vieja España se ha refugiado en los nacionalismos periféricos.

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