La tribuna

Gumersindo Ruiz

Job, la fuerza del esclavo

En memoria de Leopoldo del Prado

UN día los hijos de Dios vinieron a presentarse ante él, y el adversario estaba entre ellos. "¿De dónde vienes?", le preguntó Dios, y el adversario respondió: "De recorrer la tierra y pasearme por ella". "¿Has visto a mi siervo Job? -dijo Dios-, no tiene comparación en toda la tierra, es un hombre íntegro y recto, teme a Dios y se aparta del mal". "Pues claro -respondió el adversario-, ¿no le has dado una casa y bendecido sus obras y su ganado? Pero extiende tu mano y toca sus bienes y verás como te maldice". Y dijo Dios: "Vale, todo lo que le pertenece cae bajo tu poder; sólo líbrate de poner la mano sobre él". Y el adversario se retiró de su presencia.

Conocemos la continuación de la historia y cómo Job padece toda suerte de desgracias, que caen sobre él y su familia sin que sepa por qué. No había hecho más que ponerse en manos de Dios y seguir sus designios; cuando se pregunta a sí mismo, e interroga a Dios, por algún fallo en su conducta no encuentra explicaciones ni respuestas.

Esta misma pregunta pueden formularse hoy los miles de trabajadores, autónomos, y pequeños empresarios, que padecen los rigores de la crisis, ¿qué hicieron mal?

Supuestamente se comportaron según las reglas del sistema: trabajaban, desarrollaron y ampliaron su actividad económica, contrataron personal y pidieron créditos para expandir los negocios, consumieron para dar salida a la fuerte producción de bienes y servicios que se generaba, y de repente se quedan sin trabajo, los clientes no pagan, los proveedores no tienen crédito, las entidades financieras no prestan, y se encuentran desamparados y sin respuestas. ¿Qué he hecho para merecer esto?, puede preguntarse el inmigrante al que se le ofrecía trabajo y crédito y se ve privado de ambos, o el empresario ejemplo de creador de riqueza que, como Job, se encuentra abandonado y sin amigos.

Todo parecía prosperar en un sistema que nos bendecía con productos de importación novedosos, sorprendentes y accesibles, con una moneda fuerte. Los tipos de interés eran increíblemente bajos y la liquidez inagotable, y parecía que iban a permanecer así mucho tiempo, sin inflación significativa. Pero tanta felicidad resultaba excesiva. Además, el sistema productivo generaba efectos no deseables, y junto a la miseria del paro y la ruina empresarial aparecen, como consecuencias de la producción, los trastornos medioambientales, olas de frío y de calor, sequías, incendios, inundaciones, y una inusual volatilidad atmosférica.

El ensayista y filósofo Antonio Negri escribió hace unos años un libro del que he tomado el título, donde, a partir del Libro de Job, hace una interpretación del sufrimiento y la redención. Job había sido leal a todas las formas y medidas que regulaban el mundo sostenido por Dios, de la misma forma que, en general, trabajadores y empresarios son leales a las normas que regulan el mundo y sus principios económicos. Pero la norma, dice Negri, había fallado. En un principio el trabajo podía ser una de las formas del mal cósmico, de nuestro destino de sufrimiento; pero hoy aparece como una expresión de libertad, y el trabajador desprovisto de trabajo, el empresario de su actividad, sufren la exclusión que es el mal originario de nuestra especie.

Job no es paciente, es fuerte y enérgico, no se arrepiente porque no ha hecho nada moralmente malo. Su historia termina felizmente, redimido por Dios que le devuelve su riqueza, su familia y su sabiduría, y le concede una vida longeva. Pero no ha vuelto indemne respecto a la situación anterior a su crisis, sino que ha experimentado interiormente un cambio total, pues ha descubierto que contar con Dios sólo para lo bueno era una forma de orgullo. Sería absurdo un Dios que sometiera a alguien a esos tormentos para luego devolverlo, sin más, a la situación de partida; para Job, la transformación que sufre le conduce a una nueva realidad.

De la misma forma que Negri entiende el sufrimiento por la depuración que viene con él, el drama de la crisis actual sería humanamente inaceptable si sólo nos planteáramos volver, en lo sustancial, al estado anterior. Quizás lo ocurrido haya sido necesario para descubrir la insensatez de la situación, y repasar nuestras relaciones de producción, intercambios, consumo de recursos y bienes finales, creación de empleo, distribución de la renta y la riqueza. El dolor y el sufrimiento causados sólo tendrían sentido como paso hacia una nueva forma de organización socioeconómica; esto sería, en terminología bíblica y de Antonio Negri, una resurrección del trabajo.

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