La ciudad y los días

Carlos Colón

José Luis y Miguelín

RODRÍGUEZ Zapatero ha dicho en China que "el tamaño del futuro de España es del tamaño del niño Miguelín". Lo que nos ha permitido comprender varias cosas a la vez. En primer lugar, por qué se ha dicho siempre lo de mentira china para calificar las trolas que unen la tontería al embuste. En segundo lugar, por qué las tiendas de artículos para bromas y las cajas de juegos de magia solían tener un chino pintado en su rótulo o sobre su tapa. En tercer lugar, por qué "me suena a chino" significa oír algo que no resulta comprensible porque carece de sentido o está mal dicho. En cuarto lugar, por qué se utilizaba la expresión "engañar como a un chino" para designar la trampa que confunde al simplón y confiado.

Y en quinto lugar, por qué nuestro futuro es tan negro si su tamaño es el del niño Miguelín, el rijoso, repulsivo y vagamente terrorífico bebé autómata gigante diseñado por la cineasta Isabel Coixet, heredero colosal de algo tan viejo como los autómatas que fascinaban a nuestros tatarabuelos, bisabuelos y abuelos; en el que -no se lo pierdan- la Sociedad Estatal para Exposiciones Internacionales (SEEI) "pretende encarnar las propuestas para mejorar las ciudades, como el reciclaje y las energías limpias, los nuevos medios de transporte, la solidaridad, la igualdad o la educación". Esto es interpretación creativa, y lo demás son bromas. Cuánta palabrería para algo tan antiguo como el autómata del escaparate de nuestra Plaza del Pan, la Orquesta Lagarto de muñecos autómatas que actuaba en la sala Apolo del Paralelo barcelonés o las esculturas hiperrealistas de fibra de vidrio y poliéster que hacía Duane Hanson en los años 60.

Si nuestro futuro tiene el tamaño monstruoso de un rijoso bebé autómata, que el paro nos coja confesados. Porque se trata de algo innatural, desproporcionado, artificial y engañoso. Eso sí: como símbolo de una política basada en el ilusionismo, el efecto, el engaño y la inmadurez que no distingue entre realidades y deseos, Miguelín no tiene precio. Y ya que estamos en China habrá que recordarle al presidente este refrán mandarín: "la mentira produce flores, pero no frutos". Porque flores de la mentira tiene este hombre más que el retablo de la Soledad del cementerio; más que Ramitos, el Florero de las Novias, Montero el de la calle Sagasta, Búcaro, Los Claveles, Mouguet, el Jardín de la Caridad, David el del cementerio y mi amigo Paco el de la floristería de la Alfalfa, todos juntos: como para todos los pasos de diez semanas santas y un millar de bodas. Frutos de la verdad, la inteligencia, la eficacia o la coherencia, en cambio, ha dado pocos.

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