La tribuna

Jose Manuel Aguilar Cuenca

Jóvenes: la necesidad de sentido

LOS hechos de violencia que han llenado en las últimas semanas los periódicos parece que no han generado gran debate, aun cuando parte de ellos han sido protagonizados por los más jóvenes de nuestra sociedad. Asumo mi parte de culpa y emprendo, desde este momento, un intento de rectificación.

Pese a lo anterior, han sido muchos los que han preguntado, queriendo buscar una razón a la irracionalidad de unos jóvenes que, catalanes o andaluces, deciden ejercer de verdugos de un ser indefenso, tal vez perdido por el alcohol, el olvido o la asunción de la derrota ante la vida. Niños, pues no son más que niños, que eligen divertirse quemando a un ser humano, como bien podrían haber elegido jugar a las cartas, un videojuego o dar un paseo.

Tal vez lo primero que deberíamos plantearnos es qué hay detrás de todos esos niños, pues son niños. Lo primero que debemos revisar es su núcleo familiar, lo que aún nos producirá mayor inquietud. Lo habitual es que los responsables de estos actos disfruten de una familia como la suya o la mía, común hasta el anonimato. A todos nos dejaría más tranquilo pensar que sus padres son alcohólicos, violentos o abusadores. Nuestra necesidad de sentido se vería aplacada con ese vaso de agua fresca. Sin embargo, esos niños tienen padres que los quieren, se preocupan de ellos y trabajan de sol a sol para cubrir sus necesidades. Todo correcto, al menos, para lo que el entorno y las instituciones consideran.

Un análisis con mayor detalle nos podría hacer ver algo muy distinto. Si subimos los aumentos de nuestro microscopio vemos que las familias son tales sólo en título, lo que este profesional ha dado en llamar familias virtuales. Son pero no ejercen, están pero permanecen en la ausencia impuesta por jornadas laborales eternas. Su ausencia no es únicamente física, también lo es de acción. Padres que no ejercen sus responsabilidades, figuras débiles que van llevando la crianza sin participar en ella y que, para cuando quieren participar, llegan tarde. O, peor aún, mejor que no hagan nada, como cuando el padre de uno de los chicos pretende justificar los hechos -como así hizo por lo que pudimos leer en la prensa- calificándolos de gamberrada, pareciendo querer echar parte de la culpa de su propia muerte a la víctima, diciendo que "la pobre mujercita daba mucho juego".

El segundo nivel de análisis lo podríamos centrar en la escuela. En las últimas décadas la relajación en la escuela ha desembocado en profesores desautorizados, faltos de reconocimiento social, que más interesan como brazos armados para la transmisión de ideologías -de uno u otro lado, todas ideologías- más que para verter conocimientos. Docentes que reclaman la participación de esos padres virtuales o que, en el mejor de los casos, les piden que al menos éstos no interfieran en sus sanas pretensiones con sus hijos.

En un tercer nivel, aunque habría muchos más, podríamos colocar el escenario en donde todos los anteriores ejercen. En los últimos años, una sociedad entretenida en su ocio, lanzada a un consumo excesivo que ahora pasa factura, desentendida creyendo que con ella no va nada, tal vez deslumbrada por el brillo del oropel, ha dejado de discutir, de reflexionar hacia dónde va, qué quiere o pretende dejar a sus hijos. Inmersos en lo inmediato, en la comida rápida o el mensaje instantáneo, dejamos de trascender. Unamuno está más muerto que nunca. Nadie está preocupado por perdurar. Ya todos pareciera que estamos sin ser. Novelas de consumo intrascendentes, reportajes periodísticos sin calado, programas de televisión cuyo contenido no aguanta en nuestra memoria ni los minutos de desconexión para la publicidad. En nuestra convivencia debe haber ocio, pero no todo puede ser ocio. Debe haber consumo, pero no todo puede ser consumo. Despreciamos la angustia que al bilbaíno quemó, por el placer azul encapsulado.

El problema no es que todo esto sea así, el problema es que ahora que tenemos la oportunidad de desacelerar en nuestra carrera hacia el abismo, nuestra única preocupación es tomar las medidas -económicas, sociales, políticas- para volver a lanzarnos a la carrera, cuando momentos de crisis como el actual son excelentes oportunidades para plantearnos alguna de las cuestiones en las que estamos fallando.

Desorientado como el primero de ustedes, comienzo este tiempo que ahora nos toca vivir para su aprovechamiento y empiezo por afirmar que no hace falta sólo alimentar la barriga, esos niños nos lo demuestran. Hay que alimentar el sentido. En palabras del psicólogo Víktor Frankl, la voluntad de sentido, el impulso del hombre para buscar y encontrar fin a todo lo que nos rodea, la vida misma, su contemplación y respeto, con el egoísta conocimiento de entender que eso mismo nos lleva a la felicidad, mientras que la falta de sentido, el absurdo de quemar a otro ser humano por el sencillo hecho de que podemos hacerlo, no es sino un ejemplo de nuestro horror al sinsentido.

Etiquetas

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios