La esquina

josé / aguilar

Jóvenes al poder

ALFONSO Guerra lo clavó en su día. Cuando los partidos se desnortan y no saben cómo salir de sus crisis más profundas son víctimas del síndrome de los náufragos del Titanic: las mujeres y los niños, primero.

Al deterioro de la política, la degeneración del sistema tradicional de partidos y la pérdida de confianza y credibilidad de los políticos se pretende responder con supuestas soluciones imaginativas e improvisadas. Hace años se fio el remedio en la promoción de la mujer a la primera línea y ello dio origen a la entronización pasajera de unas cuantas lideresas que pronto quedaron en esperanza blanca frustrada o pasaron a realidades grises. Ahora se fabrica el lanzamiento de políticos jóvenes como panacea de renovación y cambio de unos veteranos anquilosados que no dan más de sí. Cuidado, porque podemos estar ante la repetición del espejismo.

Es bastante fácil en una sociedad que rinde culto a lo joven -pero lo hace compatible con negarle a la juventud el trabajo y las oportunidades- seleccionar a un grupo de líderes que despuntan en los distintos partidos, tienen buena prensa y se manejan en las redes sociales, y preguntar a los ciudadanos si los ven como sucesores inmediatos de los viejos dirigentes, llamados a traer aire fresco a la política y conseguir su regeneración. Las encuestas siempre dicen lo mismo: que casi nadie los conoce y que quienes los conocen simpatizan con ellos.

Veo cierto peligro en estos experimentos. Por una parte, ser joven no equivale necesariamente a ser renovador y moderno. Se pueden tener pocos años a la vez que una ideología trasnochada y retrógrada (y al contrario: pocas personas conozco con más ímpetu, energía y progresismo que el desaparecido José Luis Sampedro). Tampoco salir mucho en los periódicos es señal automática de la inteligencia, solvencia y brillantez de uno, ni dominar las últimas tecnologías está reñido con defender ideas más antiguas que los balcones de palo. Por último, los pretendidos nuevos líderes suelen adolecer de un defecto crucial: se dedican a la política desde la adolescencia. Más aún, no conocen otra vida que la política, nunca han trabajado por cuenta ajena en una empresa privada ni han intentado montar una propia, se les desconocen méritos distintos a los de la lucha política y los codazos para triunfar en ella. No se diferencian de los viejos líderes a los que quieren sustituir más que en que han tenido menos tiempo para imitarlos.

La política no deben coparla los cachorros ambiciosos, sino los mejores. Cachorros o adultos, hombres o mujeres.

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