La ciudad y los días

carlos / colón

Juan Bernabé Britto

JUAN recibió su primer reconocimiento, la medalla de la Bienal de Arte de Madrid, un año antes de que yo naciera. Y los Condes de Barcelona inauguraron su primera exposición en la galería Rembrandt de Tánger el año que nací. Desde entonces, porque mi padre, periodista del España de Tánger le hizo la crítica, Juan se hizo amigo íntimo, querido, familia más que amigo, de mis padres. Lo conocía, pues, desde antes de tener memoria. Las visitas de Juan, en Tánger primero y después en Sevilla, eran una fiesta de luz, de ingenio, de libertad, de risas, de cariño, de inteligencia, de vida. Cuando estaba en casa es como si se abrieran todas las ventanas. Hacía aún más alegre la alegría de mi madre y ponía una luz de optimismo en la mirada a veces pesimista de mi padre. Con él se hizo su última foto dos meses antes de morir. Él tenía 91 años y mi padre 92. Están los dos estupendos, felices, sonrientes, jóvenes. Sólo porque su amigo Juan lo visitaba, mi padre había rejuvenecido. Juan llevaba a la vida del brazo. Sabía querer y expresarlo. Era bueno y noble. Le daba importancia solo a lo que lo tenía. Le importaban un pito las tonterías y vanidades que importan a la mayoría. Tenía el alma blanca de cal andaluza. Era un espíritu libre y liberal, como corresponde a los hijos de Las Cabezas. Exprimió todo el jugo de la vida sin ese egoísmo que tantas veces construye la felicidad propia a costa de la de los demás.

Gracias a Juan he conocido un andaluz puro. Algo del concurso de cante jondo de Granada, de los telones pintados por Néstor Martín para El amor brujo de Falla, de los figurines de Picasso para El sombrero de tres picos, de la Alameda de la Niña de los Peines, del gesto de Antonio Ruiz, del canon de Mairena, del desgarro de Caracol, de las Madrugadas moradas y verdes de incienso y aguardiente… Algo de todo eso vivía en su obra y en él.

Ayer ha muerto el pintor, escultor e imaginero Juan Bernabé Britto. Andaluz sin superficiales folclorismos, religioso sin beatería, bohemio devoto de Santa Teresa y de las cosas buenas de la vida, flamenco sin flamenquismo, artista sin vanidad ni egoísmo, culto sin pedantería, inteligente sin altanería, generoso hasta lo imprudente, amigo sin límites. Con él han muerto otro poco mis padres y me pesa más la memoria, donde seguirá viviendo tanto como yo viva. Tan seriamente alegre y tan alegremente serio como fue siempre.

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