Desde mi córner

Luis Carlos Peris

Juega España y lo hace en Sevilla

Tras una ausencia larga y dolorosa retorna el equipo nacional a la casa que le abrió los brazos y le dio vida

HOY puede ser un gran día, debe ser un gran día, tiene que ser un gran día. La vuelta de la selección nacional a Sevilla tiene que ser una fecha que cobre carácter de efeméride así que vayan avanzando las horas, los días y los años. Sevilla cumplió hace un cuarto de siglo la complicada misión de unir lo que el Mundial 82 había deshecho y se convirtió en el nido que amparaba a un hijo muy necesitado de cariño. Luego pasó lo que pasó, que si los muñecos que disimulaban la falta de público o los desencuentros que provocaba Javier Clemente. Más tarde, la Cartuja no continuó con el papel de talismán y el matrimonio se deshizo.

Ocho años después vuelve España, pero las circunstancias no tienen nada que ver con las de hace un cuarto de siglo bajo el mando de Pablo Porta y los oficios inestimables de Miguel Muñoz. Ahora, con la Eurocopa bien cogida por sus asas, no está falta de apoyo la selección. Ahora se rifan su presencia por todo el suelo patrio, ya no es la apestada del verano del 82, y Sevilla agradece su presencia como si en vez de ser Sevilla fuese otra ciudad cualquiera de nuestra piel de toro. En este tiempo no es, precisamente, requerida Sevilla para acunar en sus brazos a un equipo anatematizado por la espantá más ridícula que vieron los siglos, ahora es otra cosa.

Ahora amanece un gran día, la mejor selección del mundo recibe, en Sevilla, a los inventores de este juego que lo mismo sirve para la distracción que para unir unos sentimientos que en este país aglutina el equipo nacional mejor que ninguna otra opción. Del primer España-Inglaterra que tengo constancia recuerdo que suspendieron las clases en el colegio para poder oírlo por la radio, señal inequívoca de su importancia. Hoy es un gran día, decididamente es un gran día porque llega Inglaterra y el mejor equipo del mundo le hace de anfitrión en Sevilla, en la ciudad donde hace un cuarto de siglo se recompusieron unas heridas que pudieron ser irreversibles.

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