EL informe de la comisión que estudia las causas del accidente aéreo que hace ahora un año costó la vida a las 154 personas -tripulación incluida- que tomaron el avión de Spanair que se estrelló al despegar de Barajas en dirección a Canarias viene a concluir que, junto a los errores técnicos -la primera gran hipótesis barajada desde el principio-, en dicho siniestro también influyó la conducta de los pilotos responsables de la aeronave, fallecidos en el acto. Según su lectura, el MD-82 no pudo despegar aquel día porque al fallo eléctrico que sufría el avión -recurrente, además- se sumó la prisa de los pilotos. Presionados por el retraso del vuelo, cometieron el error de no comprobar el estado de los alerones, esenciales para que cualquier avión se sostenga en el aire. Lo más llamativo del caso es que ambos fallos -tanto el humano como el técnico- no son nuevos. Ya habían causado accidentes similares en Detroit, Indonesia y Lanzarote. Pese a estos tres antecedentes, ni el fabricante -Boeing-, ni la empresa propietaria, ni las autoridades aéreas tomaron las medidas adecuadas para reducir los riesgos. Desconcierta mucho que en los aeropuertos, convertidos desde el 11-S en auténticas fortalezas con el mayor nivel de seguridad del mundo, pueda dejarse al capricho de las compañías o a la eficacia de los técnicos de pista correspondientes la revisión de las condiciones de vuelo de una nave aérea. Las medidas de seguridad no deberían terminar al embarcar en un avión, sino que es necesario que incidan en su funcionamiento. Causa estupor contemplar cómo desde que ocurrió esta tragedia muchas de las justificaciones de técnicos y pilotos -sin excluir a Spanair- han consistido en apelar a lo que dicen los manuales de un determinado avión. Es necesario que las autoridades políticas -europeas, en nuestro caso; internacionales, en general- sean más exigentes con los niveles de seguridad de las compañías, sobre todo en lo que se refiere al funcionamiento de los aviones. La mayoría de los pilotos son profesionales cualificados que se juegan la vida en su trabajo. Pero poco pueden hacer si se ignora en el tiempo una avería recurrente de los sistemas diseñados justo para cubrir sus posibles errores. Ésta es la lección a aprender del caso Spanair. Ignorarla es plantar la semilla de una nueva tragedia.

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