Paisaje urbano

Eduardo / osborne

Leer a Cervantes

EN una interesante entrevista a Andrés Trapiello en la revista Mercurio, el escritor leonés, reconocido estudioso de la obra Cervantes y en particular del Quijote, hacía una reflexión sobre las dificultades que siempre ha encontrado el lector medio español en la lectura de la obra cumbre de nuestra literatura, fundamentalmente por lo arcaico del lenguaje, sus expresiones ya en desuso y las abundantes notas a pie de página que cada edición suele incorporar, precisamente para ayudar al lector a comprender e interpretar correctamente el texto. Es probable que un lector inglés o alemán, venía a decir, encuentre menos dificultades al leerlo que un español, por la sencilla razón de que los primeros cuentan con la ayuda de la traducción a su idioma en la jerga actual, cosa que no ocurre habitualmente con el texto en castellano.

Aparte de la posible carga de agua a su molino que pueda llevar el comentario de Trapiello (él mismo es autor de una "traducción" a un castellano más actual), me parece un punto de partida inteligente para intentar comprender por qué a los españoles nos cuenta leer tanto El Quijote (como pasa en otros asuntos, una cosa es lo que se responde en las encuestas y otra la cruda realidad) y qué podríamos hacer no sólo para que se leyera más, sino sobre todo para valorarlo en toda su dimensión, como hacen con sus autores de referencia en otros lugares (habría que ver, en este sentido, la reacción de los ingleses si a la Cámara de los Comunes se le ocurre para homenajear a Shakespeare algo parecido al numerito montado en nuestro Congreso).

A mí, que no soy ningún erudito ni siquiera un buen lector de Cervantes, lo que más me interesa del Quijote no es tanto la obra en sí, sino su capacidad de influir en las sociedades de cada tiempo, su asombrosa facilidad para contrastar el idealismo del caballero andante con el realismo de su fiel escudero en lo que quizá sea el más bello tratado de psicología llevado a cabo nunca, su romanticismo, su elegancia e inteligencia en la crítica social, su radical humanismo de influencia erasmiana estudiado a conciencia por maestros de la categoría de Américo Castro, Ortega y Gasset, o Marcel Bataillon en su imponente Erasmo y España. Son esas virtudes las que hacen del Quijote una obra maestra, una obra viva, que trasciende a la novela misma, y que merece ser celebrada siempre, como si cada día cumpliera cuatrocientos años.

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