Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Leer

EL ejemplo más evidente del dramatismo que encierran los resultados del último informe PISA sobre las carencias de que adolecen los alumnos de educación secundaria españoles es la incapacidad que tienen muchos de ellos para leer (es decir, para comprender) el contenido de los cientos de artículos que les han dedicado en las últimas 72 horas pedagogos, analistas, periodistas y políticos alarmados por las noticias acerca de su deficiente preparación. Según ha explicado el coordinador español del informe PISA, Ramón Pajares, los alumnos españoles no son capaces de leer más de "tres líneas y media" sin perder las referencias y extraviarse en el insignificante bosque de vocablos.

Pero hay más. Si los estudiantes están incapacitados para comprender un reducido texto escrito también lo están para abordar no sólo la lectura de una novela sino para el aprendizaje de otras materias. Hay, pues, una interrelación inevitable entre el fracaso escolar absoluto y la incapacidad primaria para entender los textos explicativos de las diferentes asignaturas.

El informe PISA se ha convertido en una especie de golpe periódico contra la indiferencia o la resignación con que las autoridades políticas, pero en general toda la sociedad, percibimos la situación del sistema educativo. Ojalá hubiera informes PISA relativos a otros asuntos y levantaran el mismo grado de preocupación colectiva y de contrición.

No se trata, sin embargo, como muchos interpretan, de una prueba destinada a calibrar los conocimientos de los estudiantes, es decir, de un examen de grado para valorar la preparación (y la voluntad de aprendizaje) que tienen los adolescentes españoles. La evaluación, en primer lugar, es del propio sistema, es decir, de la metodología, la política educativa de los gobiernos y de la cooperación que prestan en la formación de los jóvenes la familia y, en general, la sociedad.

Los estudiantes son, en este sentido, más las víctimas de un sistema de preparación incierto, con numerosos agujeros, a veces con una financiación deficiente, que los responsables activos de su propia incompetencia. No es de recibo, por tanto, el lamento paternalista que se suele elevar ante el escaso aprovechamiento de la "juventud de hoy" y la inevitable comparación con la templanza de las generaciones posteriores. No son sólo nuestros estudiantes los que ha sido juzgados negativamente por el informe PISA sino, en primer lugar, el sistema sobre el que se asienta su aprendizaje y, sobre todo, las dos células básicas llamadas a fomentar el interés por la lectura: la sociedad entera y, en particular, las familias.

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