Paisaje urbano

Eduardo / osborne

'Low cost'

LA aerolínea Vueling, que pertenece al grupo IAG (British Airways e Iberia, para entendernos), ha venido provocando durante estos días en el aeropuerto de Barcelona un auténtico caos como consecuencia de las cancelaciones y retrasos ocasionados en muchos de sus vuelos, perjudicando los derechos de hasta ocho mil viajeros, según las palabras de la ministra en funciones de Fomento, Ana Pastor, quien a su vez ha prometido aplicar a la compañía la máxima dureza en materia de sanciones e indemnizaciones.

Los medios hablan y no paran de miles de pasajeros vagando por el aeropuerto, de personal de tierra insuficiente para atender la avalancha de quejas y reclamaciones, de ausencia total de planificación y contratación a la carrera de pilotos con títulos expedidos en otros países, de escuetos y lastimosos mensajes de la compañía asumiendo la culpa con propósito de enmienda que se pierden en una vorágine de frustraciones en forma de planes familiares en el limbo y vacaciones deshechas. Un desastre impropio de una empresa participada por uno de los grandes grupos del sector y de la que teníamos (la capacidad de sorpresa es ilimitada) otra imagen.

En realidad, este episodio desdichado no es más que otra muestra del modo de vida low cost que entre todos nos hemos empeñado en construir, cada vez más presente en nuestros usos y costumbres. Precios baratos, costes reducidos, margen estrecho… servicio malo, y a veces como ésta ni siquiera se presta el servicio. Con sus exitosas campañas de publicidad y la progresiva desaparición de las agencias de viajes, las compañías de bajo coste se han apoderado del mercado y contratan la mayoría de slots que ofertan los aeropuertos. Cuando se convierten en los amos del mercado, suben los precios e imponen su ley, dejando a las autoridades y a los usuarios a merced de sus prácticas cutres, con el sonido de corneta de Ryanair como paradigma.

Mientras los fotógrafos captan el duermevela de los abandonados viajeros sobre sus maletas, los sueldos de los ejecutivos suben en proporción inversa al de los sufridos empleados que aguantan como pueden los improperios de los afectados. Puro capitalismo del siglo XXI. Eso sí, en noviembre se oferta vuelo por 15 euros a Budapest, aunque yo creo que mejor dejaré pasar la ocasión y me quedaré en casa leyendo el Danubio de Claudio Magris. En estas condiciones que vaya el visionario O'Leary con su trompeta.

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