la ciudad y los días

Carlos Colón

Luz, más luz

QUÉ ganas de catorce horas de luz, de día a las diez de la noche, de amaneceres azul Inmaculada, mediodías al rojo vivo y largos atardeceres azul Carretería! ¡Qué ganas de habitaciones en penumbra silenciosa, de medias luces en la hora de la siesta, de mañanas de ventanas abiertas a una ciudad transparente y clara, de tardes de oro y noches de terciopelo negro! ¡Qué ganas de olas de fuego batiendo las murallas de ese malecón sevillano que es la Resolana en las tardes de verano! ¡Qué ganas de vencejos, grillos y chicharras! ¡Qué ganas de ese calor macho de mayo, junio, julio y agosto -no de las pegajosas calores malas de septiembre y octubre- que ataca de frente y por derecho!

Estamos hartos de este seco frío velazqueño que recorta con tanta nitidez los perfiles. Preferimos los vaporosos tonos murillescos con los que el calor pinta la ciudad, difuminando sus contornos. Estamos hartos de sórdidas, heladas, primeras horas de la mañana; del vapor de los tubos de escape que las luces de los frenos tiñen de rojo; de ese frío aún más punzante que nos atraviesa sobre las diez o las once de la mañana. Estamos hartos de estas tardes aún no del todo redimidas por el avance de la luz; y de estas noches rígidas y muertas.

"¡Luz, más luz!" pedimos, como Goethe en su agonía. Porque dirán lo que quieren los defensores de los cortos días fríos y los enemigos jurados de la luz y el calor, pero lo cierto es que el frío es uno de los síntomas de la muerte; y la oscuridad, su reino. Frío de cadáver, de cristal, de mármol, de bronce. Oscuridad de cripta, de panteón, de catacumba, de fosa. Ya nos quedaremos fríos y estaremos a oscuras cuando nos llegue la hora de las hojas de acanto, los cardos, las columnas truncadas y las ánforas veladas, cuando la dogaresa de José Villegas extienda su manto sobre nosotros. Ahora dadme el calor y la luz que son los atributos de la vida.

Lo llaman los armaos ensayando en la explanada del antiguo Hospital de las Cinco Llagas; las lenguas de fuego de los altares de triduos, quinarios, septenarios y novenas; las convocatorias que se van superponiendo en las puertas de las iglesias formando el más hermoso collage que Braque o Juan Gris pudieron soñar. Lo llaman los ojos cansados de abrirse a mañanas que aún son noches y los cuerpos deseosos de que el aire tibio los abrace. Lo llaman la miel, el vino y la canela; las túnicas que se cortan en La Casa del Nazareno, los capirotes que se cosen en Casa Rodríguez, los cinturones que se trenzan en las esparterías. Lo llaman hasta los objetivos almanaques.

Pero ni un tibio respiro de marceo nos concede este gélido febrero.

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