RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez- / Azaustre

Memoria de las aguas

LA esencia de Pedroche es el descubrimiento de una luz. Esto es, en resumen, la película El libro de las aguas: el descubrimiento de una luz transformado en verdad. La película, dirigida por Antonio Giménez-Rico, que ya apunta a los Goya a la Mejor Actriz Revelación y a la Mejor Secundaria, o al de la Mejor Fotografía, es plasticidad de los paisajes más la interpretación de los actores, suma de contención y de renuncia, muy de una impotencia de vivir. El factor añadido de El libro de las aguas, la adaptación cinematográfica de la novela de Alejandro López Andrada, consiste en la actualidad de la memoria, en la fragilidad y en el valor de la memoria. La médula espinal de esta película se aleja de proclamas ideológicas, y enseña la erosión venida del abuso de los fuertes, de la agresión de aquellos vencedores que, acabada la guerra, siguieron siendo verdugos. Que en la Guerra Civil hubo barbarie en ambas de las partes enfrentadas es una realidad, y por eso debemos recordar la masacre siniestra de las checas y la sangría comunista, que no sólo alcanzaba al enemigo visible, el de los generales sublevados, sino también a sus propios compañeros republicanos del POUM, por no pertenecer a la ortodoxia. Hay una parte de la izquierda que aún reinventa su propia memoria histórica, y prefiere no hablar de aquellas listas negras venidas de Moscú para seguir hablando de las fosas. Aquello fue la guerra, la explosión cenital del problema de España comprendido como una enfermedad. Sin embargo, después, vino la represión, que fue otra fase, sin reciprocidad, casi convertida en exterminio no sólo físico de la España derrotada, en el exilio o muerta, sino también en su continuo estrangulamiento moral.

El libro de las aguas arroja la visión de la poesía y de la pura belleza, aún cristalizada en la hermosa comarca de Los Pedroches, como una resistencia ante el horror. El protagonista de la cinta es este valle, todo un territorio magmático de asombro, de silencio y quietud, de un cierto preciosismo mineral que es el protagonista, también, no sólo de esta novela de López Andrada, sino también del resto de su obra. Ésta es una gran película de actores, con enormes veteranos, como el gran Ramón Langa, que ya fue Blasco Ibáñez y ahora interpreta a un cura inédito en el cine español de la Guerra Civil, cabal junto a los débiles, o Ana Diosdado, humana y enigmática, junto a jóvenes actores que sostienen la historia principal con aplomo y talento: el gran Álex González, y Elena Furiase, que tiene una presencia de pantalla que aglutina todo el movimiento de la cámara. Y qué decir de Lolita Flores, colosal: su dolor telúrico en la escena de la cárcel es dolor familiar, es un dolor maestro, es el dolor de España.

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