La tribuna

Sebastián De La Obra Sierra

Memoria de justos... y necesarios

HASIDEI Umot HaOlam", Justos entre las Nacionesý Con este nombre se denomina a todos aquellos que durante el Holocausto, la Shoah, salvaron la vida de judíos. Estos justos tienen un hermoso Jardín de los Justos en Jerusalén, creado por Moshe Beski, un judío polaco salvado por el conocido Schindler.

El término de "justos" aparece en los textos talmúdicos en numerosas ocasiones, casi siempre como motivo de esperanza. En el Talmud se enseña que el mundo existe gracias al mérito de los justos. Del mismo modo, se asegura que Dios no destruirá el mundo mientras haya en él al menos cincuenta justos.

En 1962 una Comisión Pública Independiente convocada por el Yad Vashem (Museo del Holocausto de Jerusalén) definió las condiciones que habían de reunirse para ser designado como "Justo entre las Naciones": haber prestado ayuda a alguien perseguido, conociendo su identidad judía; que su acción pudiera haber puesto en riesgo su vida, seguridad y libertad; que la ayuda no estuviera condicionada a ningún provecho material.

Primo Levi, con enorme ternura, habló de un justo, de "su" justo. Un obrero italiano de nombre Lorenzo Perone, que en el campo de exterminio le llevó a Primo Levi, cada día, durante seis meses, un trozo de pan y las sobras de su rancho, incluso le regaló su propio jerseyý Por todo esto ni pidió ni aceptó compensación alguna. "Yo creo -comentaba Primo Levi- que Lorenzo me salvó la vida, pero, más importante aún, gracias a él no he olvidado que yo mismo era un hombreý"

Los justos, a lo largo de la historia, y no sólo durante el Holocausto, han sido hombres y mujeres que respondían a lo que se conoce como "gente corriente", sus acciones eran espontáneas, no heroicas. Fueron el rostro anónimo de la bondad. Donde la mayoría fingía no ver, ellos, a pesar del miedo, sencillamente actuaban. Sus actos de generosidad siempre fueron gestos personales, nunca respondían a actuaciones públicas. Como decía Paul-Louis Landsberg (muerto en la deportación), "la moral no es la posesión de principios sino la capacidad de decidir frente a lo real".

Ángel Sanz Briz en Budapest, José Ruiz Santaella y Carmen Schrader en Berlín, y Eduardo Propper de Callejón, en Burdeos, son los únicos españoles reconocidos como "Justos". En el día de la Memoria del Holocausto se recuperan sus nombres. Es emocionante recordar cómo Carmen Schrader y José Ruiz Santaella albergaron en su casa a la joven Ruth, a su madre Lina, y a Gertrud Neuman; las tres eran judías, en un Berlín incendiado de odio y horror. Es elocuente escuchar a Carmen Schrader, a sus casi noventa y cinco años, cómo Ruth y Lina, su madre, simulaban diariamente no conocerse, cómo sus identidades falsas en la casa de los Ruiz Santaella les permitieron sobrevivirý

Repugna y, naturalmente, asombra comprobar cómo aún hoy en día hay quienes estando en su sano juicio legal -que se sepa- camuflan su odio, bien cuestionando el propio acontecimiento del Holocausto, bien cuestionando su dimensión y cuantificación. Padecen los efectos de un cloroformo moral que alimenta permanentes excusas, cualquier pretexto es bueno para sentirse ofendidos.

No se puede tampoco admitir que, desde otras orillas, se apropien del acontecimiento para negar o disminuir el dolor y sufrimiento de otras víctimas, de otros genocidios: el Holocausto es un acontecimiento único, pero no es el único.

El asesinato absoluto, total, premeditado, industrial, con una ilimitada capacidad técnica de exterminio, exhaustivo y sin escape alguno, que supuso el Holocausto, debe ser asumido por toda la Humanidad sin necesidad de buscar pretextos ni similitudesý Es un acontecimiento puro estigma del dolor. Un lugar maldito y privilegiado desde el que podemos contemplar la naturaleza y la profundidad del mal. Una herencia de una "modernidad" que Walter Benjamín vislumbró cuando desconfiaba del progreso y la técnica como elementos que pueden ser convertidos en vehículos de la destrucción del hombre y de la naturaleza.

El desgarro y el sufrimiento tienen un lugar propio en los supervivientes, en todos los supervivientes del horror. Ellos, al recordar (no todos fueron capaces), mantienen viva una memoria, posiblemente parcial, necesariamente personal, íntimaý esa memoria nos pertenece a todos ahora. Esa memoria depende de nosotros.

Los justos son hoy más necesarios que nunca, su espontánea acción es un ejemplo de reacción frente a todos los poderes que gozan -con coartada o sin ella- de la violencia y la fuerza. Su generosidad es un ejemplo de sabiduría que marca el camino de futuro de la civilización. Larga vida a los justosý

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