Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

Mentawais

SE lo digo en serio. Perdidos en la tribu es la mejor comedia que se ha estrenado en los últimos años. No se lo pierdan. No me extraña que a la poderosa Aída le haya dado un mordisco. El nuevo docu-reality de Cuatro es novedoso, curioso, instructivo, vale. Pero el choque indígenas paleolíticos-urbanitas malcriados genera situaciones más carcajeantes de lo que creíamos. Las reacciones de los nativos son para troncharse, con unos subtítulos que no los mejoran ni los de aquella sección de Noche Hache. "Qué narices más raras", "están muy gordos", se quejaban los mentawais, en la quinta puñeta de Indonesia, cuando vieron a los hispánicos Recuero-Oliva. La madre ya se ha pegado unas cuantas llantinas al pensar lo mal que lo va a pasar su niño, Venturita, que es muy remilgoso, y al que le esperan larvas y miriápodos para almorzar. Je, je. La mala leche de los melanesios promete y eso que, como Samantha, nuestros paisanos sólo han estado por allí 21 días.

Las otras dos familias de desnortados que deben integrarse en sus respectivos poblados están en África, con unas tribus dignas de una película de Tarzán. Los Molina-Herrra conviven con los himba, cuyas mujeres, embadurnadas en lodo, tienen prohibido bañarse. Glabs. Y los Carrión-Roldán, con sus niños pijos, los que más se parecen a una familia de Emilio Aragón, están con unos bosquimanos, con los que bailaron como un guiri en una caseta de Bostwana. Al lado de Perdidos en la tribu las cuitas de Supervivientes son de parque temático. A El Golosina y a Cuca García Vinuesa habría que haberlos mandado con los siesos de los mentawais. Se iban a enterar. Eso es lo que le está pasando a Telecinco: están con formatos de hace diez años y los demás, como Cuatro, obligados a arriesgar, comienzan a explotar nuevos yacimientos de oro. Unga, unga.

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