En tránsito

eduardo / jordá

Miedo

HA ganado el miedo, dice mucha gente que no está de acuerdo con el resultado de las últimas elecciones. Para esta gente, el miedo es un sentimiento primario, innoble, vergonzoso, que nos degrada y nos convierte en un hatajo de viejos estúpidos. Sí, puede ser, pero no tengo muy claro que el miedo sea una emoción por completo negativa. Si la Transición española fue un gran acierto, a pesar de lo que digan ahora los que no la vivieron y hablan por boca de ganso (o de burro), fue porque muchos de sus protagonistas tenían miedo, mucho miedo: miedo a repetir los horrores del pasado, en especial los de la Guerra Civil, y miedo a revivir una situación de enfrentamiento cainita que había causado muchísimo sufrimiento. Y por eso mismo, el miedo jugó un papel positivo: obligó a pactar a figuras políticas que habían sido enemigas y que tenían muchos motivos para desconfiar o incluso odiarse.

El miedo, por lo tanto, no es una emoción tan perniciosa como se nos quiere hacer creer. La cautela y la prudencia se basan en el miedo. El cálculo de riesgos se basa en el miedo. Y lo preocupante es que muchos jóvenes actuales que sueñan con utopías -sin saber muy bien en qué consisten- estén temerariamente convencidos de que las cosas no pueden ir jamás a peor, de modo que nunca hay que tener miedo ni actuar con cautela. Esos jóvenes han crecido en un mundo tan próspero y tan seguro -hasta que llegó la crisis de 2007- que creen que nuestro sistema es tan sólido que puede resistir toda clase de pruebas. Pero eso no es cierto. Todo puede empeorar y todo puede venirse abajo si se da una serie de circunstancias adversas. Nuestros abuelos lo sabían bien, igual que lo sabe cualquier habitante del Tercer Mundo.

Y si el domingo pasado hubo muchos electores que votaron lo que votaron, fue porque pensaron que todo podría ir a peor en vez de ir a mejor. Tuvieron miedo, claro está. Y no se fiaron de la retórica que aseguraba que todo iba a ir mejor, aunque nadie explicase cómo se iba a conseguir eso. Y no se fiaron de un joven político que decía que si las cosas iban mal en Venezuela no era porque allí hubiera socialismo, sino porque había aún demasiado poco socialismo (ya ven qué lumbrera). O sea que hubo miedo, claro que sí. Miedo a la charlatanería, miedo a los errores irreparables, miedo a destruir muchas cosas que aún funcionan bien en este país. Es así de sencillo.

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