La ciudad y los días

carlos / colón

Mirando el abismo

UN menor de edad -14 años- es acusado de asesinar brutalmente, golpeándola con una barra de hierro, a una trabajadora del servicio de limpieza del Nervión Plaza. Pocos días más tarde otro menor -17 años- es acusado de cometer siete violaciones en un descampado próximo al Hospital de Valme. La delincuencia infantil y juvenil parece algo propio de las antiguas sociedades bárbaramente opulentas -desde los Rinconete y Cortadillo cervantinos en la Sevilla del XVI al Oliver Twist dickensiano del Londres del XIX- y en nuestros días cosa del tercer mundo o las zonas marginales del primer mundo. Pero desborda estos ámbitos.

Un preocupante crecimiento de la violencia se está produciendo desde hace tiempo entre niños y adolescentes no marginales del primer mundo. Si estos casos casi consecutivos tal vez puedan relacionarse con la marginación, muchos otros -algunos famosos por su crueldad- se producen en entornos no proclives al desarrollo de la delincuencia como respuesta o adaptación a un medio agresivo y violento, familiarmente desestructurado o marginal. El maltrato a padres u otros familiares, el asesinato de compañeros, las agresiones a los sin techo -en ocasiones con resultado de muertes-, el bullying y el ciberbullying -a veces con resultado de suicidio- son fenómenos crecientes que carecen de explicación social. La única explicación es la maldad, el placer de causar sufrimiento.

Existe una gran resistencia a reconocer la existencia de la maldad pura, la complacencia en el daño causado a otra persona no explicable por razones sociales o psiquiátricas, entre menores de edad. Fríamente, sin odio, sin más objetivo que hacer sufrir. Los crímenes de la katana (un chico de 16 años asesina a sus padres y a su hermana de 9 años con síndrome de Down), San Fernando (dos adolescentes asesinan de 32 puñaladas a una compañera para experimentar qué se siente al matar), Sandra Palo (violada, torturada y quemada viva por cuatro menores y jóvenes de entre 14 y 19 años) o Seseña (una chica golpea con una piedra a una compañera, le corta las muñecas para que se desangre y la deja agonizar durante horas) conmocionaron al país. No se deben a causas sociales, sino a algo más terrorífico: el mal puro desligado de todo interés, la perversión, la carencia de empatía y el poder absoluto del verdugo sobre su víctima convirtiendo en asesinos sádicos a niños y adolescentes.

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