Tiempos modernos

Bernardo Díaz Nosty

Miserias patrias

NO se ve a Rajoy dándole la mano a Obama con aquella efusividad tejana que nos puso en el mapa de Bush. Años atrás, desde la baja tolerancia, no alabar a Bush era perderse en los extrarradios donde se afeita Castro y acampan reyezuelos exóticos. La oposición al inquilino de la Casa Blanca llegó a percibirse como una salida de la civilización. En España, la crítica a este nefasto presidente estuvo muy por debajo de la que, desde la propia América, preparó las bases del cambio. Atacar a Bush, antes y después de las Azores, se entendía como agresión a Estados Unidos, por obra de un caprichoso patriotismo que blanqueaba de la memoria un 98 donde fuimos los iraquíes de turno. De Bush y de aquellos que se compraron el taparrabos para bañarse en el oro negro de la abundancia nos queda el precio más elevado del petróleo.

Cuando Rajoy saca la derecha, la alianza de civilizaciones, como a todo buen cruzado, le produce hilaridad. Aunque, llegado el caso, veríamos a Rajoy sellando con Obama una reconvención que trocase la no-diplomacia de las Azores por el consenso civilizado y la cooperación. Claro que no es probable que Rajoy y Obama coincidan en la limusina, pero tampoco resulta imposible.

A Zapatero, de seguir en La Moncloa, le haría falta mucho más fondo para defender sus ideas o, simplemente, más ideas... Ilusiones cálidas, innovación y emprendimiento estructurados, más allá de la retórica de buen chico con la que desgrana lo que, con frecuencia, parecen improvisaciones. En una legislatura más sosegada, con otra referencia en Washington, debería trabajar mucho más por el consenso y atender mucho menos a la claque. Más pensamiento y debate que diluyan el cáncer de la polarización.

Cuestión aparte de la "octava potencia del mundo" -en este ranking, China es segunda y Finlandia se pierde en el puesto 52ý-, nadie discute la prosperidad de nuestro país, pero no se entiende tanta práctica paternalista de sociedad subsidiada. La política es algo más que gestión económica y reparto popular de excedentes. La bonanza se ha notado en el consumo, en el ladrillo, pero no tanto en los nutrientes culturales de la opinión pública. No se escuchan propuestas destinadas a disolver las secuelas del embrutecimiento secular que aún anida en el imaginario nacional, ni aquellas que definen procesos tendentes a hacer más efectiva la riqueza cultural.

No se olvide que los grandes problemas de este país, empezando por la cuestión del Estado, no se resolverán jamás a cañonazos, sino mediante el valor añadido que la cultura y la razón ponen al consenso. El integrismo, herencia de quienes forjaron la identidad simbólica de España en un pasado autoritario, tensa la cuerda, da argumentos fáciles al contrario y aplaza soluciones que, con cabeza, podrían acariciarse ya.

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