La tribuna

Jose Manuel Aguilar Cuenca

Modelos de masculinidad

AUn cuando guste correr fondo cada día, este que les escribe no es un apasionado del deporte televisado. Le aburre el fútbol, se desespera con las carreras de coches o los partidos de tenis que parece que nunca van a terminar, y jamás ha comprado un diario deportivo. Pese a lo anterior, no queda más remedio que reconocer que los profesionales de la raqueta, la pelota de distinto tamaño y los neumáticos montados en múltiplos de dos se han convertido hoy en día en ejemplos perfectos de valores y referentes éticos, de los que tan escasos andamos en otros campos, como, se me ocurre, la política, el pensamiento o la cultura.

Carlos Sastre, vecino de El Barraco, un pueblo que he visitado en multitud de ocasiones para ir al colindante, el de mi madre, subió hace unos días al podio a recoger la recompensa de su sacrificio. Y para hacerlo, un gesto que también llevó a cabo Oscar Freire, eligió acompañarse de sus hijos que, no me cabe duda, van a poder alardear de padre para los restos.

El séptimo campeón español del Tour es un hombre que no ha hecho ruido, que se ha distinguido por entregar su esfuerzo durante años, como buen escudero, a Jalabert u Olano, sus jefes de filas antes que él mismo se convirtiera en la cabeza visible de su equipo. No es una estrella al uso y, sin embargo, o tal vez por ello, es un modelo digno de respeto. Hace más la imagen de un campeón, subido a un podio en mitad de Paris, rodeado de sus hijos, que los millones de euros que la ministra de turno vaya a gastar en su próxima campaña de vacuidad ideológica, el próximo teléfono - supongo que azul- para el hombre que busca su nuevo modelo de masculinidad o cualquier otra zarandaja seudoprogreadhoc que se inventen para justificar sueldos y hacer ver que están haciendo algo.

Ese modelo, reflejo de una generación que está cambiando los papeles heredados en la pareja y en la crianza, es un trasunto de decenas de miles de padres que, unos en una zanja, otros delante de un ordenador, luchan en silencio por su familia, por cuidar de sus hijos, por labrarse un papel que las leyes de familia y las prácticas del común de los juzgados echan luego por tierra a la primera de cambio, entorpeciendo su cristalización en la sociedad. Si nuestro Gobierno realmente quisiera apoyar un cambio en los usos, costumbres y gestos, en busca de una igualdad que sólo ellos parecen entender, por qué no apoyar los gestos de ciudadanos como el de la camiseta amarilla que, cuando ha llegado el momento más importante de su carrera profesional, largamente aplazado, deciden compartirlo con sus retoños.

Asunto distinto, pero estrechamente relacionado, es lo que he podido leer sobre el lema que este corredor tenía puesto en su habitación: "Ilusión, respeto, sacrificio, sufrimiento". La lectura de esas cuatro palabras no sólo me hacen pensar que un individuo que llega a lo alto del Alpe d'Huez, con más de dos minutos de ventaja sobre su perseguidor, debe estar emparentado con Hércules, sino que lo que hoy en día tanto se denosta, por carca, viejo y desusado, ha sido el pilar de su éxito.

Admirar los valores de tus mayores, aquellos que hicieron lo que hoy tenemos, se está convirtiendo en innovador, vanguardista y, por más que se lamente la progresía, responsable de grandes satisfacciones que todos admiramos. Pareciera que estos hombres han inventado la cuadratura del círculo o, sencillamente, y como una vez me dijo mi buen amigo Alejandro Rojas Marcos, extraños estos tiempos en los que el sentido común es revolucionario.

Esos niños, contemplados por muchos otros miles a través del altavoz social que constituye la pantalla del televisor, han comenzado a plantearse un modelo de hombre, español, duro, sacrificado, responsable, amante de los suyos, trabajador y silencioso, que ninguna campaña de publicidad, teléfono o pasquín logrará crear jamás de forma artificial. Un hombre que es realidad, está en nuestras calles y que demuestra sus emociones sin rubor, rodeado de aquellos que quiere, mientras los demás le damos el respeto que se merece.

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