POR montera

Mariló Montero

Mujer y raza

ADOS semanas de conocer el resultado final, podemos aventurar que la presidencia de Estados Unidos no llevará faldas, ni el Despacho Oval olerá a Eau de Rochas. Todo apunta a que llevará corbata y olerá a Varón Dandy, a falta de conocer el color de piel de quien lo exhale. A Hillary se le escurre como agua entre los dedos la oportunidad de ser la presidenta de los EEUU, la primera mujer que alcanza la presidencia de la primera potencia mundial. Su lucha durante la campaña se ha basado en dos ejes: cierta regeneración política y, con más hincapié, el mensaje feminista. Según sus propias palabras, se presentaba "para romper el más alto y más, duro techo de cristal" de la vida estadounidense. Y parece que naufraga. Porque ése ha sido su error. Que la desesperación por el fracaso le llevara a agarrarse a su sexo para que le diera la fuerza de alcanzar el triunfo sólo por ser mujer, como última instancia.

El debate sobre si el sexo ha influido en la más que posible derrota de Hillary Clinton ha llegado a las páginas del The New York Times, donde el periodista Jodi Kantor ha trasladado las voces de miles de seguidoras de Clinton que achacan la culpa de su fracaso a la discriminación sexual. Las mujeres creían que había llegado su momento, y se lo han robado. Culpan de ello a un sin fin de desaires que la candidata ha recibido durante la campaña, entre los que se encuentran las voces de muchos hombres que durante algunos de los discursos le gritaban que les planchara la camisa, otros, que tenía la voz chillona, además de criticas por la obsesión de su vestuario. Tampoco parece que los medios de comunicación le hayan ayudado. Algunos aseguran que han sido más duros con ella que con él. El debate también ha dividido a las propias feministas. El discurso actual se enreda entre quienes dicen que la contribución más importante ha sido demostrar que da igual que un candidato sea hombre o mujer y las que sostienen que Barack Obama desató una especie de debate nacional sobre el tema.

Ambos candidatos han coincidido en la historia, en su lucha por los derechos civiles, pero no en su triunfo. Hace muchos años las feministas y los antiguos esclavos -así se les denomina en algunas enmiendas propuestas para la Constitución de Estados Unidos- reivindicaban, a la par, los derechos como "nuevos ciudadanos". En la época resultó más fácil la aceptación de la igualdad de las razas que el de las féminas. En nuestros días, pasa lo mismo. El error de éstas, hoy, es haberse confiado en que el éxito feminista formaba parte de la lógica y el tiempo cuya defensa rompe la esencia de la igualdad. Uno de los problemas del feminismo es que deja de serlo cuando no se acepta la derrota política y se achaca a la discriminación sexual.

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