EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

Nuclear

EN marzo pasado, a consecuencia del accidente nuclear de Fukushima, la canciller Merkel ordenó el cierre de varias centrales nucleares en Alemania y anunció una moratoria nuclear en su país. Y ahora, tras el pequeño accidente en una central del sur de Francia, ya se vuelven a oír voces que reclaman el cierre de las centrales nucleares en toda Europa. No soy un experto, pero me pregunto si sabemos a lo que nos exponemos si abandonamos por completo la energía nuclear. De hecho, el accidente nuclear de Fukushima demostró que las centrales nucleares son muy seguras. La central japonesa tenía casi cuarenta años de antigüedad, y aun así resistió un terremoto de magnitud 9 y luego un tsunami devastador que mató a 20.000 personas, sin sufrir nada más que un accidente grave, sí, pero que hasta el momento no ha matado a nadie. Y no hay que olvidar que el accidente nuclear de Chernobil, en 1986, sólo produjo 44 muertos, a pesar de que todo el mundo lo asocia con el Apocalipsis. Es cierto que hubo muchos afectados por la radiación y que las secuelas del accidente todavía duran, pero un accidente de aviación provoca muchas más víctimas en un solo día y no por ello exigimos el cierre de los aeropuertos.

He procurado informarme un poco, sobre todo leyendo al catedrático Manuel Lozano Leyva, y parece evidente que la energía nuclear es barata y limpia, a pesar del riesgo de los residuos nucleares. Y también parece evidente que las energías renovables son las más seguras, aunque son caras y no garantizan un suministro energético permanente. Lo más juicioso, por lo tanto, sería un uso combinado de las dos fuentes de energía.

Lo que más me preocupa es que nos hemos vuelto muy miedosos y a la vez muy exigentes. Temblamos de miedo si hay un pequeño accidente en un reactor nuclear, aunque el riesgo sea muy limitado, pero al mismo tiempo exigimos un suministro energético ininterrumpido, porque queremos aire acondicionado en casa y en el coche y en el trabajo, y no estamos dispuestos a renunciar a ninguna de estas comodidades. Entendería que nos opusiéramos a la energía nuclear si también estuviéramos dispuestos a renunciar al aire acondicionado y al microondas y al lavavajillas y al ordenador. Pero no parece que eso sea lo que hagamos. Al contrario, nos oponemos a la energía nuclear "a la vez" que reclamamos un suministro energético barato e incesante, y eso es un disparate. O nos quitamos el miedo -más cinematográfico que otra cosa- a un accidente nuclear, o nos acostumbramos a una vida austera, abanicándonos con el abanico en un portal ventilado. Pero nosotros lo queremos todo: seguridad al cien por cien y suministro energético al cien por cien. Y eso es imposible. Hay que renunciar a una de las dos cosas.

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