tribuna

Lourdes Alcañiz

Obama: con la deuda a cuestas

ES ahora cuando los resultados de las elecciones presidenciales de 2012 están empezando a cocerse en Washington. Las consecuencias del ácido debate presupuestario que están teniendo republicanos y demócratas amenazan con llegar a las urnas. La marea de fondo es que el déficit es monstruoso. La deuda nacional excede los 9 billones (con b) de dólares. (Por cierto, cuando Bush llego a la Casa Blanca en 2001 la cuenta estaba en unos 3 billones.)

Hay que reducir el déficit, eso está claro porque las consecuencias a la larga pueden ser graves. Y aunque el ciudadano medio está de acuerdo en principio, lo que no quiere que le toquen son ni los impuestos, ni los pocos programas sociales que se alimentan de fondos federales. Claro que de donde no hay, no se puede sacar, y no muchas opciones le quedan a Obama que no sean el sacar las tijeras y empezar a darle a los beneficios sociales, especialmente porque el presidente se opone a aumentar los impuestos sobre la clase media. Según dijo esta semana de forma muy elocuente: "Reducir 200.000 dólares en impuestos a personas como yo, a costa de que 30 ancianos tengan que pagar 6.000 dólares en costos de salud no es correcto, y es algo que no va a suceder mientras yo sea presidente". Sin embargo, recortes tiene que haber, y de una u otra manera van a afectar a la clase media. La tolerancia del electorado ante las maniobras de Obama se verá sin duda reflejada en las urnas en 2012.

Por otra parte, cómo están reaccionando los republicanos durante el debate presupuestario y qué compromisos están cerrando con Obama también puede sellar su destino electoral, especialmente entre las zonas más conservadoras (que últimamente han tomado un papel preponderante con todos los representantes del Tea Party).

No deja de ser irónico que el presidente que prometía llegar a Washington para cambiar la forma de hacer política y crear una buena voluntad entre partidos, haya conseguido uno de los congresos más divididos de los últimos años. La semana pasada faltó muy poquito para que el Gobierno federal pusiera el cartel de cerrado ante la falta de acuerdo con los presupuestos federales. Se llegó a un acuerdo de madrugada, a tan sólo dos horas del cierre gubernamental.

Las consecuencias de una situación así, especialmente en las condiciones actuales en las que se encuentra la economía estadounidense, podrían haber sido devastadoras: desde millones de empleados gubernamentales sin paga hasta millones de contratistas del Gobierno sin cobrar. Esto es lo que ocurrió en 1995, con consecuencias lúgubres para la economía entonces.

Lo indicativo del nivel de división que existe ahora mismo en Washington es que las diferencias en dinero sobre el presupuesto federal eran realmente mínimas. El verdadero asunto de fondo eran los programas sociales (especialmente aquellos relacionados con el aborto) que los demócratas se negaban a cerrar y los republicanos exigían clausurar. Al final, hubo acuerdo porque las consecuencias para la imagen republicana no iban a ser buenas y se cerraron los presupuestos estatales con un recorte de 38.000 millones de dólares.

Pero esto va a ser sólo un aperitivo de lo que se avecina en los próximos días cuando toque hablar del enorme déficit público, un debate que va a poner de nuevo en carne viva los fundamentos liberales y conservadores. El presidente, en un estilo más combativo y ácido de lo normal, ha declarado que no hay nada a considerar en el plan republicano de reducir el déficit si la idea es recortar impuestos a los millonarios, mientras se sigue ahogando a la clase media. Por si fuera poco, quiere reducir el gasto militar en 400.000 millones de dólares, el doble de lo que recomendó el secretario de Defensa Robert Gates.

El plan republicano se da de frente con este concepto. Su propuesta incluye reducir gastos en programas sociales de salud en miles de millones de dólares y dejar el presupuesto militar tranquilo.

Mientras tanto, en una carta enviada la semana pasada por el secretario del Tesoro al congreso, el límite establecido por el congreso para el déficit nacional superará el máximo para mediados de mayo. Si el límite no se aumenta, el Departamento del Tesoro no podrá obtener préstamos para financiar operaciones federales y cargarlo a la cuenta, ni tampoco podrá pagar deuda con las consecuencias globales que se desatarán si Estados Unidos no paga lo que debe a otros países. Aumentar el límite de la deuda no es algo que los republicanos vayan a hacer sin obligar al presidente a pagar todas las consecuencias políticas posibles, como ya han anunciado.

Un componente que va a hacer este debate especialmente sangriento son todos los republicanos ultraconservadores y miembros del Tea Party que están ocupando escaños después de las últimas elecciones. La lucha se presenta interesante.

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