Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Pacto y desengaño

LOS guionistas, escenógrafos y figurinistas de La Moncloa no pudieron escoger un día más inoportuno para escenificar la firma del Pacto Social. Empleando sólo una gota de maquiavelismo, el Gobierno y los firmantes (pero sobre todo el Gobierno) habrían evitado que la importante, insólita y quizá histórica función no hubiera coincidido con la divulgación de los pésimos datos del paro correspondientes al primer mes del nuevo año. Habría sido, desde luego, una ganancia puramente decorativa, pero habría permitido lucir por unas horas no sólo los logros sino el pacto mismo. Pero no quisieron o no pudieron y los negros porcentajes del Inem mantuvieron a raya el discreto júbilo del acuerdo. Y mejor que haya sido así, pues del contraste se pueden sacar nuevas y más francas ganancias.

El pacto social logrado entre empresarios y sindicatos, con la tutela del Gobierno, es una consecución extraordinaria que va a reportar importantes beneficios no sólo en aquellos asuntos, como las pensiones, a los que se brinda una solución bajo consenso, sino también para el pacto mismo, es decir, para la ardua tarea de convenir, concertar y avenirse en unos tiempos tan poco propicios para tales menesteres. No porque ahora sea más difícil encontrar un punto de confluencia, sino porque políticamente no interesan los acuerdos. Son tabú. Para la estrategia política del cerco al Gobierno, para la táctica del empeoramiento progresivo y para la maniobra mediática de extensión del sentimiento de catástrofe y zozobra un pacto social es una calamidad, casi una devastación. Y así han debido interpretarlo en ciertas instancias donde ya circulaban apuestas sobre la fecha de la próxima huelga general y en donde se reciben con estruendosos gritos de satisfacción cualquier dato contrario a los intereses de España, cualquier sugerencia o cálculo de los bancos mundiales, agencias, comisarios, especuladores o simples chisgarabís. Era lógico, por tanto, que los partidos, salvo el socialista, no acudieran al acto ritual de la firma. Conforme se acercan las elecciones, el optimismo y cualquier signo de avenencia o afinidad son síntomas de transigencia política.

Ya bastan para ello las cifras crecientes del paro, que son otro cantar o, mejor, la espeluznante banda sonora de estos malos tiempos, y que son capaces de estrangular cualquier gesto de triunfalismo por leve que sea. Y las cifras de la evolución del paro difundidas ayer, mientras se concelebraba la firma del Pacto Social, no pueden ser más desalentadoras: 131.000 personas se sumaron en enero a la lista negra. Y lo que es peor, nadie sabe cuándo tocaremos fondo. Dijo Zapatero ayer que el pacto es un mensaje de confianza a España y la UE. Y cuesta creerlo aunque sea por contraposición.

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