Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Palabrería

TAN preocupante es el alud de frases chirriantes o abiertamente difamatorias que escalan los titulares de los periódicos pronunciadas por políticos de diverso pelaje como la peculiarísima sensibilidad social que se nutre de ellas. No sé qué es más extraordinario, si el insulto o la respuesta apasionada que genera el insulto. Salvo que sean las partes complementarias de un mismo fenómeno: las fascinación por el escándalo. ¿Qué sería del alborotador sin una bien poblada masa de personas dispuestas a celebrar con exageradas muestras de cólera sus baladronadas? ¿Quién recogería el eco de las bravatas? ¿A dónde irían a parar los insultos si no hubiera un público preparado para cazar los adjetivos, desmenuzarlos, paladearlos, envenenarse placenteramente con sus toxinas y responder de la forma prevista? No hay duda, es un fenómeno complementario.

El alcalde de Getafe y presidente de la Federación Española de Municipios y Provincias, Pedro Castro, no habría logrado coronar las cimas del despropósito si no existieran, primero, rastreadores de insultos que indagaran por todos lados en busca de la impertinencia y, segundo, una sensibilidad capaz de elevar la estupidez doméstica a estupidez mundial. Y todo, claro, para mayor gloria del ofensor.

El diputado de Esquerra Joan Tardà ¿soltó el sábado su grito de "muerte al Borbón" para halagar a un puñado de militantes de ERC o, más bien, para provocar a quienes no comparten sus convicciones pero las celebran con más ardor que sus seguidores aunque en sentido contrario? Lo de Tardà es antológico, porque no sólo ha ocasionado una respuesta unánime y ha obtenido un inmediato éxito adverso (pero éxito al fin y al cabo) sino que ha logrado que su salida alcance una divulgación formidable, hasta el punto de que se ha organizado una especie de debate intelectual sobre si lo de "muerte al Borbón" es una amenaza o una expresión arqueológica sonsacada de la Guerra de Sucesión.

La afición a provocar y el gusto a celebrar las provocaciones prueba, por un lado, la falta de profundidad del debate político, que prefiere los textos al contexto, la anécdota al contenido de fondo, el grito al razonamiento, y, de otro, la tendencia general a reafirmar las convicciones propias exhibiendo las heridas causadas por el contrario. Gana el que tiene el honor más mancillado por la mentecatez ajena. Si analizamos el origen de los debates públicos más ardorosos acontecidos en España en los últimos años encontraremos no unos planteamientos profundos y rigurosos sino un puñado de frases urticantes exageradamente concelebradas como munición política.

Puro verbo, pura palabrería.

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