las dos orillas

José Joaquín León

Peleas de perros

DECÍA el presidente de la Diputación, Fernando Rodríguez Villalobos, que el último Pleno parecía "una pelea de perros". Lo dijo cuando los grupos del PSOE y el PP discutían por un asunto de los que se consideran solidarios: el apoyo al centro de sordociegos de Salteras. Si para expresar la solidaridad con un centro de estas características hay que pelearse, fíjense cómo está el país. Todo venía porque el futuro del centro peligra a causa de los impagos de la Junta de Andalucía. El PSOE quería meter por medio a la Junta de Castilla-La Mancha, que debe dinero por dos plazas. Villalobos dijo que estaban hablando de cosas que al colectivo de sordociegos "le importan un pepino".

Ahí le doy toda la razón al presidente de la Diputación. Si la ciudadanía, o sea la gente, está hasta el gorro de la clase política (en abstracto) es por peleas como esa. Es porque dicen cosas que a cualquier colectivo le importan un pepino y porque no se concibe un debate que no sea como una pelea de perros. La argumentación suele ser a base de ladridos, con los que nadie oye a nadie. Se trata de hacer ruido, y cuanto más fuerte se ladre les parecerá mejor. Esto no es un debate intelectual, ni existe la menor intención al respecto. No se puede uno imaginar a un Tierno Galván o a un Clavero Arévalo, por citar a dos prestigiosos catedráticos de la Transición, en una pelea de perros de hoy, donde están más sordos y más ciegos que los ídem.

¿Por qué sucede esto en los plenos de la Diputación, municipales o de lo que sea? Por la equivocada politización de la política. Desde los tiempos de Aznar y Zapatero, principalmente, se confunde el debate con la crispación. No se entiende que se hable en un debate sin meterle los dedos en los ojos al rival, políticamente hablando, por supuesto. Y eso es lo que más fastidia a la gente. Se nota demasiado que algunos sólo se preocupan por ganar las próximas elecciones, si es que llegan, mientras la vida se pierde por otra parte, que es la crisis, el paro, los despidos, los desahucios, los pobres con corbata, los pobres con remiendos y todo eso, incluidos los sordociegos.

En tiempos difíciles sería lógico que se buscaran acuerdos, como en la Transición. Si ponemos el ejemplo del Ayuntamiento, tenemos a Zoido como alcalde y a Espadas como jefe de la oposición, que son dos personas sensatas por separado, y que sólo deberían discutir por lo estrictamente necesario. Pero vivimos en un país donde Rajoy y Rubalcaba no han sido capaces de alcanzar un pacto de Estado para los grandes problemas. Y, cuando se debate un acuerdo para sordociegos en la Diputación, llegan los cachorros con las peleas de perros. Así estamos, al margen de la realidad, al borde del rescate, y creando problemas, en vez de solucionarlos.

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