La tribuna

josé Luis García Ruiz

Pena, penita, pena

SEGÚN todas las encuestas que se vienen publicando sobre las próximas elecciones del 26 de Junio, el mapa electoral será bastante similar al producido en Diciembre, a salvo el hecho de la posible reubicación del Partido Socialista como tercera fuerza política y la incógnita que supone la traducción final de votos en escaños, habida cuenta del (im)previsible "baile" del último en más de una docena de circunscripciones provinciales. Y, como rasgo destacado, la circunstancia de que el PSOE, cualquiera que sea su ubicación final como segunda o tercera fuerza política, resultará imprescindible en el proceso de formación de gobierno.

Llegados a esa encrucijada me temo que se va a producir la visualización extrema de un fenómeno político que viene asolándonos recurrentemente en cada uno de los periodos en que nos hemos gobernado en democracia, y que me atrevo a sintetizar como el gran problema de España. No es otro que el de la existencia de una fuerza política que, siendo esencial para el sistema democrático, tiene como Jano dos caras o, si se prefiere, dos almas.

Todos los partidos socialistas europeos nacieron del tronco común marxista configurado en la II Internacional, pero la creación de la III Internacional supuso la separación nítida entre partidos socialistas y comunistas y el distanciamiento de sus fórmulas operativas: la toma del poder mediante los procesos electorales de las democracias burguesas o la acción revolucionaria, respectivamente. Dos líneas divergentes que, según pasaban las décadas, condujeron a los partidos socialistas europeos incluso a la renuncia a la filosofía marxista y a su transformación, lenta pero irreversible, en lo que hoy conocemos como partidos socialdemócratas, en la acepción moderna de este calificativo. Pero esa transformación irreversible ha tenido una excepción que, para nuestra desgracia, nos concierne directamente.

Y es que la historia del PSOE está trufada de vaivenes entre su alma marxista y su alma socialdemócrata, incluso con los mismos líderes. Y así nos encontramos con un Largo Caballero, precursor de la socialdemocracia europea en su colaboración efectiva con el gobierno del general Primo de Rivera, y, pocos años más tarde, orgulloso de su apodo como el Lenin español en la malhadada historia de la II República e incluso defensor de la violencia para la toma del poder. Más recientemente, en 1976, el XXVIII Congreso del partido se pronunciaba abiertamente (61% de los asistentes) por el marxismo bajo la secretaría general, ya, de Felipe González, quien, con acertada visión histórica, hubo de envidar muy fuerte y presentar su renuncia para que el inmediato Congreso Extraordinario sirviera para homologar al PSOE con sus homónimos europeos. Las consecuencias de este viraje fueron extraordinariamente positivas para España y permitieron la estabilidad del régimen surgido de la Transición y el apuntalamiento de unos de los periodos más fecundos de nuestra historia con el PSOE como uno de sus puntales y coprotagonista esencial de nuestra libertad y prosperidad.

Pero, como una enfermedad latente, llevamos más de una década con la recidiva de la doble alma y, según la historia nos enseña, cuando en el PSOE el radicalismo desborda al ala moderada termina también llevándose por delante al régimen político. Ahora estamos en la fase radical impulsada -haciendo mías las recientes palabras de un destacado columnista y antiguo director de Mundo Obrero- por "un insensato Zapatero demoliendo los pilares en que el partido socialdemócrata se había construido, cimentado su prestigio y sido motor, durante lustros, de la modernización y progreso de España. El inefable ZP se lo llevó todo por delante: la idea y vertebración de nación -discutida y discutible- desde la izquierda; el pacto y espíritus constitucionales al abrir la caja de Pandora de los odios políticos con la malhadada memoria histórica que es cualquier cosa menos eso y sí la vuelta del resentimiento y la confrontación entre los españoles por un pasado sanguinario y atroz que creímos tener ya superado y los disparates económicos que hicieron que la crisis fuera todavía más terrible y demoledora".

Para nuestra desgracia, Pedro Sánchez persevera en esta senda. Como botón de muestra: ¿cómo es posible que en Bruselas los eurodiputados socialistas españoles no hayan votado en asuntos cruciales con los demás partidos socialistas europeos? Porque ha vuelto aflorar el espíritu antitético de lo que hoy es la socialdemocracia europea.

Este espíritu es el que se está ahora aplicando en España. Cuando en 16 países de la Unión Europea conservadores y socialdemócratas han sido capaces de entenderse cada vez que las circunstancias lo han requerido, aquí se pretende construir cordones sanitarios y se presume de mayor afinidad con los antisistema que con las demás fuerzas políticas.

Se nos cae así el régimen del 78, que no podrá sostenerse sin uno de sus pilares. ¡Qué país! Pena, penita, pena.

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