La ciudad y los días

Carlos Colón

Pequeños adioses, grandes reencuentros

EL tiempo verdadero no es el que marcan los relojes. Ese es el real. El tiempo verdadero es el sentido. El que cuando somos niños o jóvenes dura el doble o el triple de lo que marcan los relojes y señalan los calendarios; y el que se contrae con el paso de los años, haciendo avanzar los minuteros como si fueran segunderos y arrancando las páginas de los calendarios cuando aún nos parece que el mes no ha mediado. El que vuela cuando estamos con quienes queremos y cae con la desesperante lentitud con que gotea el aceite cuando estamos lejos de ellos.

Por eso conforme vamos cumpliendo años algunos preferimos la víspera al acontecimiento, el tiempo ordinario al festivo, la pequeña eternidad de lo que se repite todos los días a los gozosos sobresaltos, las minúsculas y puntuales alegrías cotidianas a las grandes fiestas que tanto vacío dejan cuando terminan, la presencia que excluye el gozo de los reencuentros pero también la pena de los adioses. Será porque cuando el tiempo coge carrerilla, los acontecimientos excepcionales son como los árboles o los postes que cuando vamos en tren o en coche nos hacen ser conscientes de la velocidad, mientras que si nada se alza en la monotonía del paisaje o de los días la velocidad o el tiempo parecen desacelerarse, remansarse y fluir con una despaciosidad más compasiva.

Vayan pues diciendo sin pena sus pequeños adioses a las vacaciones quienes las hayan disfrutado, porque ya están aquí los trabajos y los días serenamente felices de los reencuentros con las cosas y los seres que nos son más fieles que estos paisajes hermosos, estas ciudades espléndidas, estos silencios sólo rotos por el rumor de las olas o de las hojas, estas horas quietas que sin embargo pasan tan deprisa; magnífico todo, pero perecedero.

Se acortan las distancias que ahora nos separan, amigos de los viernes de San Lorenzo -María, Félix, Belén, María José, Manolo, Isabel, Javier, Meli, Chica, Enrique, Rocío, María Luisa, Ignacio, Teresa, Adela, Borja- ahora camino de Santiago en cumplimiento del Jubileo; amigos -Alberto, los Javieres, Francisco, Alfonso- de las tardes de películas, de los paseos de los sábados, de los desayunos del domingo, del diario café en Santa Catalina; y hermanos del compás de la Magdalena, de la ojiva de San Juan de la Palma y del atrio de la Esperanza.

Ponga cada cual, como yo pongo los míos, los nombres de los afectos que le aguardan, de los ritos y rutinas que pararán, mandarán y templarán las embestidas del tiempo. Hasta que se consuma el último tercio y llegue la hora de esa verdad que algunos escribimos con mayúscula.

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