la ciudad y los días

Carlos Colón

Perder la confianza en la democracia

LOS "indignados" acamparon el miércoles ante el Congreso coreando "Tenemos razón y lo sabéis", "No nos representan", "Con tanto chorizo no hay para pan" o "Somos la levadura que levantará la masa". Es dudosamente democrático arrogarse una razón que prescinde de las urnas, negar la representatividad de los cargos elegidos por el pueblo, considerar chorizos a los políticos y autoproclamarse la levadura que levantará unas masas a las que se supone necesitadas de elites rectoras.

Tiene la democracia muchos enemigos. Algunos de ellos son el distanciamiento entre la clase política y los ciudadanos, la conversión de los partidos en oficinas de empleo de militantes y afectos o la corrupción de quienes se sirven de los cargos públicos en beneficio propio o de su partido. Nuestra vida política está sobrada de ellos y por eso las encuestas dicen que los ciudadanos consideran a los políticos su tercer problema más grave, tras el paro y la crisis. Pero la historia nos enseña -recuerden los años 30- que aún peores enemigos son quienes, aduciendo las imperfecciones y corruptelas de lo que llaman "democracia burguesa", ofrecen alternativas supuestamente perfectas que en el pasado tomaron las formas del fascismo o las democracias populares. Los "indignados" tienen razón en algunas de sus reivindicaciones. Pero negar la representatividad del Congreso o boicotear las tomas de posesión, como ha sucedido ayer en Valencia y se anuncia que sucederá otras ciudades, es un camino peligroso.

Hace pocos días escribía Santiago Carrillo: "Mi generación conoció una experiencia, durante la crisis de los años treinta, que guarda ciertas semejanzas con lo que ocurre hoy, y perdió durante años la confianza en la democracia. Los progresistas, que velamos cómo las corrientes de capitulación se extendían en los países considerados democráticos, empezamos a pensar que la solución sería la dictadura de las fuerzas de izquierda. Los tradicionalistas se hicieron fascistas y terminaron desencadenando la Guerra Civil y trayendo la dictadura de Franco, con la ayuda de Hitler y de Mussolini. Fue necesario que viéramos a la República en peligro para llegar a valorar la democracia…".

No sólo perdieron los comunistas la confianza en la democracia: se convirtieron en enemigos tan feroces de ella como los fascistas. Allí donde triunfaron tras 1945 implantaron férreas dictaduras mientras Europa occidental reconstruía sus imperfectas "democracias burguesas". Prefiero las perfectibles deficiencias y denunciables corruptelas de éstas a la "pureza" de las democracias populares. La sede de la soberanía popular está en el Congreso de los Diputados.

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