Visto y oído

Antonio / Sempere

Pereza

OTRO síntoma del paso del tiempo: contemplar los programas de televisión viajera y no sentir ninguna envidia por no estar allí. Me ocurre con todos esos Españoles por el mundo que nos muestran su alegría por vivir donde viven. El último de los episodios de estreno nos llevó a Malta, a sus tres islas, a sus parajes paradisíacos. Y allí quedó demostrado lo de siempre. Que se lo pasan en grande. Que se sienten realizados como personas. Que en un momento dado de sus vidas aplicaron un punto de inflexión.

Y vimos a una mujer madura que un buen día sustituyó la montaña (se dedicaba precisamente a los deportes de aventura) por el buceo. Una mujer que, por cierto, hablaba con el mismo tono de voz y un desparpajo similar a Maruja Torres. Una mujer que derrochaba vida a borbotones. Y vimos al joven mallorquín que se trasladó hasta allí para aprender inglés en una de las muchísimas academias, hasta que decidió instalarse en ella, al otro lado, recibiendo a los alumnos que viajan a la isla por ser mucho más barata que el territorio británico. Y vimos a la veinteañera que visitó la mediterránea Malta como lugar de vacaciones, encontró al amor de su vida, y ahora trabaja como relaciones públicas en una cadena de discotecas del lugar.

Todos hablaban como si se hubiesen criado frente a las cámaras de televisión. Y todos irradiaban seguridad y energía en estado puro. Pero desde el sillón, con el mando en la mano, ante tan frenética actividad, sólo sentía pereza. Pereza ante el buceo en aguas cristalinas, ante las procelosas aguas del inglés, ante esas madrugadas fiesteras generadoras de tantas resacas. Y la envidia era por sentir lo que ellos sienten. Pero... sin embargo no hay envidia por vivir como ellos viven.

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