El tránsito

Eduardo Jordá

Peticiones de voto

NUNCA he pedido el voto para ningún partido político. Creer que el lector pueda dejarse influenciar por las ideas políticas de uno es una muestra conmovedora de candor y de megalomanía, a partes iguales. Muy desesperada, o cuando menos desengañada de la vida, tendría que estar una persona para hacerme caso a mí -o a cualquier otro escritor- en asuntos tan personales y en el fondo tan inexplicables como son las opciones políticas.

Por eso me asombra el estrépito que han organizado los cantantes y artistas que han dado su apoyo público a Zapatero con una plataforma que han bautizado con las siglas PAZ. Si esos artistas creen que un mileurista que gana cien veces menos que ellos va a dejarse convencer por su petición de voto, tan sólo demuestran su palpable desconocimiento no sólo de la realidad social, sino también de la psique humana. Y además nos confirman la incurable soberbia intelectual que aqueja a los intelectuales españoles, o mejor dicho, a los que se consideran intelectuales y por ello se pasan la vida actuando como tales, es decir, sermoneando y recriminando y a veces hasta insultando a los que no piensan como ellos. ¿Por qué creen que un fontanero no está autorizado a pedir el voto en público, y en cambio sí puede hacerlo un cantante? ¿Y por qué un director de cine debe saber más de política que un chapista o una enfermera?

Es un tópico bastante extendido que los artistas tienen que ser de izquierdas, pero eso es sólo un tópico, nada más. Que un artista sea conservador o progresista es irrelevante para la calidad de su obra, porque lo que cuenta de verdad es su sensibilidad y su imaginación. Si carece de esas cualidades, de nada sirve que un artista grite y proteste y se proclame solidario, porque al final su obra no será más que un fraude o una tomadura de pelo. Flaubert era un solterón malhumorado y conservador -igual que Henry James, igual que Joseph Conrad-, pero escribió en Madame Bovary una de las críticas más sutiles contra el capitalismo decimonónico que conozco, cuando contó que la hija adolescente de Emma Bovary tuvo que entrar a trabajar, tras la muerte de sus padres, en una fábrica de hilaturas de algodón. La niña, Berthe, sólo tenía doce o trece años, y Flaubert lo contaba con una naturalidad que ponía los pelos de punta. En su época era normal que los niños trabajaran en las fábricas, igual que lo es ahora en el Tercer Mundo. No sabemos si eso le parecía bien o mal a Flaubert. Lo que sí sabemos es que se compadecía de Berthe Bovary, y por eso su mirada de artista no aprobaba para ella un destino tan sombrío como el de malgastar su adolescencia -y todo el resto de su vida- en unas hilaturas de algodón. Y por cierto, Flaubert nunca pidió el voto para nadie.

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