Las dos orillas

José Joaquín León

Plaza del Triunfo

LA democracia estaba recién estrenada, todavía delicada y frágil. Era a finales de los años 70, cuando UCD gobernaba en España, cuando la preautonomía se había estrenado o estaba pronta a estrenarse con Plácido Fernández-Viagas como primer presidente de la Junta de Andalucía, cuando en el cercano Palacio Arzobispal todavía estaba el cardenal Bueno Monreal y monseñor Amigo Vallejo era arzobispo… de Tánger. Quizá no se habían convocado aún las elecciones municipales de 1979, en las que el más votado sería Rafael López Palanco (UCD), seguido de Antonio Rodríguez Almodóvar (PSOE) y Luis Uruñuela (PSA), que sería el alcalde, gracias a aquel Pacto de Izquierda en el que los andalucistas cambiaron Granada por Sevilla. Fue un trueque por el que después los granadinos castigaron para siempre a los andalucistas; mientras los sevillanos nunca hicieron lo mismo, sino más bien lo contrario, con los socialistas que cambiaron a Sevilla por Granada.

En aquellos años de la Transición, los primeros días de diciembre fueron especiales. Un 4 de diciembre de 1977 salieron casi dos millones de andaluces a las calles para pedir autonomía. El 4 de diciembre murió el joven José Manuel García Caparrós, cuando se manifestaba en Málaga, por un tiro de la Policía . El 4 de diciembre fue el Día de Andalucía, antes de que lo fuera el 28 de febrero. El 6 de diciembre sería, a partir de 1978, el Día de la Constitución para todos los españoles, o casi todos. El 8 de diciembre, día de la Inmaculada, marcó la primera fricción político-religiosa de la democracia, un precedente laicista, cuando pretendieron eliminar el carácter festivo del día. Las cofradías de Sevilla, a porfía, salieron en defensa de la Inmaculada Concepción de María, y hasta hoy se mantiene la fiesta, sin que nadie ose ya suprimirla por sus beneficiosos efectos para el turismo.

Pero la noche del 7 de diciembre también era especial en la Sevilla de aquellos años. Centenares de jóvenes universitarios se reunían en la Plaza del Triunfo, en aquellos albores de la democracia. No era para reivindicar nada. Era para celebrar la Vigilia de la Inmaculada, como se llamaba oficialmente a aquello, que en la práctica era un festival de tunas universitarias. Los tunos cantaban a los pies del monumento de la Inmaculada, cumpliendo un ritual indisolublemente unido a la fiesta concepcionista. Repicaban las campanas de la Giralda, celebrando la fiesta de la Virgen sin pecado concebida, mientras en la Plaza del Triunfo cantaban las tunas, y los jóvenes hablaban, reían y bebían. A la mañana siguiente, la plaza amanecía llena de botellas rotas y desperdicios.

Allí, en la plaza del Triunfo, víspera de la Inmaculada, todavía años 70, sin darnos cuenta, nació la botellona.

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