La ciudad y los días

Carlos Colón

Plumillas y pregones

YA está aquí otro plumilla defendiendo al colega y cargando contra quien expresa libremente su opinión y carece de tribuna para replicar!", dirá alguno. Esta acusación, que el autor del artículo de la polémica se apresura a lanzar (utilizando el boletín de su hermandad para su desahogo personal) contra una supuesta "legión de compañeros aduladores", convierte lo que a continuación voy a escribir en argumento razonado sin incurrir en lo de excusatio non petita, accusatio manifesta.

Las únicas plumas por las que siento debilidad son las de los armaos de la Macarena, soy poco dado al trato frecuente con los compañeros, desconozco el corporativismo -periodístico, académico o cofrade- y no conocí personalmente a García Barbeito hasta que se prestó desinteresadamente a leer los textos de la película que la Hermandad de la Macarena nos hizo el favor de encargarnos a Carlos Valera y a mí. Por la Macarena todo, dijo García Barbeito como hay que decir estas cosas: sin decirlo y haciéndolo. Con sencillez y disponibilidad, profesionalidad y disciplina. Una noche bajó desde Aznalcázar porque, casi a película terminada, decidí incluir una locución de dos minutos. Tenía parientes de fuera invitados y una cena pendiente; pero se plantó en el estudio a las tantas de la noche para remediar la ocurrencia o la imprevisión -podía haberse grabado en su día-, dejando a la familia en el coche porque no pudo encontrar aparcamiento. Una anécdota, sí; pero reveladora.

Late en la descalificación de García Barbeito que ha hecho este señor un corporativismo más cerrado que el que se achaca a los periodistas: el de los cofrades que reparten a su capricho cartas de nobleza religiosa, cédulas de limpieza devocional y títulos de licenciatura en las cosas de la Semana Santa. Para ellos los capiroteros -que es lo que yo soy- son hermanos de segundo rango y los devotos -que es por lo que me tengo- deben serlo de tercero.

Permítaseme contar otra anécdota, esta vez protagonizada por mí. En los felices meses previos a mi pregón -en los que se demostró hasta qué punto hay poco corporativismo entre quienes escriben en periódicos- fui invitado a muchas tertulias. En una de ellas, que debía estar integrada por esos cofrades que reparten acreditaciones, se me preguntó a qué hermandades pertenecía y si salía de nazareno. Enumeré el querido rosario de las hermandades a las que me honro en pertenecer y añadí que me vistieron de capa desde los siete meses y salgo de ruán desde que cumplí los 14 años. Tras lo que otro tertuliano me preguntó: "¿Y cómo…?". La columna no da para más. La continuación, mañana.

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