Opinión

Luis Robles Fernández

Podemos: el vértigo de la nueva política

Sólo dos partidos tienen la capacidad de situarse en una posición que permita interpelar a la mayoría social en todo su conjunto y hacerla tomar conciencia como sujeto político pleno: Podemos y PSOE.

Las tentaciones del 'imperium'. Roma investía con el imperium a los patricios destinados a grandes empresas. Un poder amplio para ejercer el mando y aplicar justicia en territorios y coyunturas. El grado del imperium de uno de estos ciudadanos podía adivinarse por el número de acólitos (lictores) que le acompañaban. Estos portaban el haz de varas conocido como fasce y el hacha, símbolos de la potestad del cónsul, pretor o dictador de ejercer el poder y ajusticiar.

Vistalegre supuso para Podemos la legitimación del imperium. Vencieron (y avasallaron) en Vistalegre quienes defendieron la necesidad de otorgar al secretario general amplios poderes para dominar el partido y afrontar las elecciones. La cintura, habilidad e inteligencia demostrada por Podemos durante las campañas, y especialmente los excelentes resultados obtenidos, les ha dado claramente la razón. Distinción especial merecen Iglesias, Errejón y Pascual.

Pasaron las elecciones y el imperium ha seguido operando durante más de dos meses sin que nadie en Podemos públicamente lo cuestionase, hasta que Iglesias ha sacado el hacha del fasce y en un ejercicio ejemplarizante de autoridad ha ajusticiado a su secretario de Organización.

Ambas partes en conflicto se han apresurado a atraer para sí el atributo de la participación. Iglesias enrocándose con Echenique (un referente simbólico del 15-M y de su visión horizontal de la nueva política), y Errejón apelando a la apertura hacia los círculos. Difícil de creer a cualquiera de estos dos patricios.

Entre la belleza y el vértigo. Y entre hachazo y enroque nos cuenta Iglesias lo de la belleza de Podemos. Y es cierto que es un proyecto portador de cierta belleza. La belleza de haber señalado con claridad y distinción la aparición de una mayoría social (sensibilizada, agraviada, excluida o simplemente desposeída) abierta a ser interpelada como gran sujeto político. Es decir, a votar a aquél que sepa entenderla, defenderla y emocionarla.

La universalidad de sus bellos análisis y relatos está a la base de que todos los partidos hayan tenido que reposicionarse en torno a esas claves que Podemos ha colocado como elementos centrales del debate político.

Mayoría social que no existe tal cual, como un todo cohesionado, o como un sujeto constituido. Ciudadanos, por ejemplo ha sabido conectar con una fracción de esa mayoría, atrayendo provisionalmente su voto. Incluso propuestas neofascistas podrían haberse posicionado en el arco de representación política español apelando a los excluidos si Podemos no hubiera aparecido en la vida pública. Algo que incluso los votantes más conservadores debemos saber apreciar y agradecer a esta formación.

Sin embargo, sólo dos partidos tienen la capacidad de situarse en una posición que permita interpelar a esa mayoría social en todo su conjunto y hacerla tomar conciencia como sujeto político pleno: Podemos y PSOE.

Implícitamente Podemos no cesa desde hace dos años de indicarle al PSOE que se dan las condiciones para la reconstrucción (tras más de 20 años de crisis) de la hegemonía socialdemócrata. Que son ellos (el PSOE) los que parten en condiciones de ventaja para interpelar y cohesionar esa mayoría desde la izquierda. Que si se atreven a salir de su espacio de confort bipartidista, en el que los ciclos económicos han venido distribuyendo el poder entre los dos grandes partidos, y son capaces de asumir el vértigo de esta reconstrucción (y sus rupturas), poco juego le quedaría a Podemos. Y si no lo hacen, el sorpasso y la posterior fractura es un riesgo cada vez más real.

Si se repiten nuevamente las elecciones Podemos y PSOE tendrán que asomarse a sus respectivos abismos y estar dispuestos a experimentar cierto vértigo para reilusionar a sus votantes y contrarrestar la previsible recuperación de posiciones del voto conservador.

Mientras el vértigo en el PSOE tiene más que ver con regresar a su origen, en Podemos está asociado a seguir avanzando hacia posiciones de vanguardia. Es el vértigo de enfrentarse al reto de domeñar la participación protagónica y situarla en el centro de su propuesta. La participación dista mucho de esa representación bucólica, pueril y roma que algunas fuerzas de izquierda han introducido en España. La participación real (no la impostada) es una fuerza primigenia de la política, capaz de fortalecer o destruir proyectos con la misma facilidad. Nada de belleza hay en ella. Se asemeja mucho más a una tempestad que a un bello jardín. El ascenso meteórico de Podemos en su primera fase mucho tuvo que ver con haberla incorporado con acierto, haciendo sentir significante a mucha gente. El vértigo experimentado por el grupo promotor ante la potencia destructora de la misma fue posiblemente un factor determinante de su anulación en Vistalegre.

Podemos, si se repiten las elecciones, podrá como el PSOE mantenerse en su espacio de confort, disputarle la responsabilidad de la falta de un acuerdo progresista y apostar (junto a IU) por el sorpasso en una izquierda mermada (desilusionada). Ser la primera fuerza de la oposición frente a un Gobierno conservador obligado a aplicar políticas de austeridad no es mal resultado a dos años escasos de existencia. O podrá asumir el reto de reilusionar para superar a las fuerzas conservadoras, avanzar un poco al filo del abismo y abrirse de nuevo al vértigo de la participación como vector de acumulación. No bastará sólo con un hábil manejo de la comunicación política, el recuerdo del imperum seguirá presente. Habría que arriesgar más, renovarse y escenificar la renovación. Un paso al lado valiente de este grupo de patricios promotores y sus lictores que abra el camino a nuevos liderazgos.

¿Y Andalucía? Después de su viraje estratégico al norte nada en Podemos interpela a Andalucía. Para pensar Andalucía en esta coyuntura histórica acelerada que vivimos, hay que mirar a Susana Díaz.

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