RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez Azaústre

Primarias de calle

QUE las primarias salgan a la calle, que las urnas internas del partido se ajusten el pantalón caliente de la acera, es lo mejor que puede pasar en el PSOE. La calle está calentita, a pesar del frío renuente a su consolidación, porque se tiene la idea general de que el socialismo español está más en lo suyo que en lo nuestro. Puede sentirse también estos últimos días, con Rodríguez Ibarra, por ejemplo, proclamando de esa manera suya, un poco bravucona, con atisbo cortante, que si le cambian el partido al que él se afilió, se va. Pues quizá ha llegado el momento, sí, de que se vaya: no Rodríguez Ibarra, que quizá, sino todo aquel que no comprenda que el ritmo de la calle no es el mismo de ayer. El PSOE, sin respirar su asfalto, es un reflejo de lo que no pudo ser. Quizá ha llegado la estación en que se bajen unos y se suban otros para que los vagones logren adaptarse a la nueva velocidad de los raíles, que ahora cambian por días: que se pueda jugar la baza interna con una aplicación sobre el aire de ahora, que es muy distinto al del 82, cuando el socialismo español todavía era inocente. Después de gobernar, se pierde, lo primero, la inocencia: gobernar es mancharse las manos, las muñecas, pringarse hasta los codos y encarar decisiones, aunque las tomen otros u otros den la cara. El PSOE ha gobernado, ha caído y ha vuelto a gobernar, para precipitarse, esta última vez, no sólo con la sensación de haber acusado el golpe de la crisis y de algunas políticas más o menos erráticas, sino con una gran marea ciudadana que se ha modulado en otra onda.

El nuevo socialismo, o el nuevo partido aglutinador de izquierdas que quiera coger la onda, tiene que crecer desde la gente. Que no sólo sus militantes puedan elegir al candidato es un acercamiento, o una solución, a la principal erosión que sufre no sólo la izquierda, sino la política: un alejamiento progresivo entre la realidad y los discursos.

El Partido Popular no lo ha sentido aún, porque todavía maneja la coartada de su llegada reciente; pero, más adelante, el desgaste sacude a cualquier partido en el poder. El principal peligro del PSOE es el mismo que asuela a nuestra democracia: la deslegitimación sentimental del contrato de confianza pública en nuestros políticos.

Creo que Carmen Chacón quiere recuperar esa confianza, porque entiende que está en juego algo más que la regeneración del socialismo. Creo que Rubalcaba, algo más jerárquico, incorporará la horizontalidad de las bases más por necesidad circunstancial que por verdadera convicción. Los dos, parece, quieren recuperar un proyecto nacional alejado de temblores independentistas. Quien gane deberá afrontar no una crisis interna, sino la degeneración y el descrédito de nuestra convivencia.

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