Crónica personal

Pilar Cernuda

Raúl y Fernando

ANDAMOS a vueltas con la forma en que se perpetró el asesinato, conseguimos rehacer poco a poco la escena componiendo los datos que nos ofrecen desde Francia y desde Madrid, donde se trabaja en la investigación; les hemos honrado como merecían, con funerales presididos por los Reyes y los Príncipes de Asturias, presidente del Gobierno, ministros, dirigentes políticos, presidentes de las instituciones y sobre todo compañeros, muchos compañeros que representaban a los miles que no pudieron asistir a los actos celebrados en el patio de la sede de la Dirección General de la Guardia Civil o del Colegio de Guardias Jóvenes Duque de Ahumada.

Las crónicas han recogido las palabras de los oficiantes de los dos funerales, hermosas palabras, las lágrimas de los familiares y amigos, la entereza de los padres, guardias civiles también, la frase del padre de Raúl ( "Murió cuando supo que habían detenido a sus asesinos..."), pero nada de eso puede paliar el dolor de dos familias absolutamente destrozadas, rotas.

Hoy viven con aturdimiento la ausencia de Raúl y de Fernando, conmocionados por la tragedia, sin tiempo aún de sentir la ausencia, tan presentes los dos en espíritu, tan cercanos todavía. Pero dentro de pocas semanas, las familias Trapero y Centeno sentirán la soledad de forma insoportable, y más en estas fechas en las que todos hacen esfuerzos para unir a los desunidos y compartir las Navidades con los suyos, en muchos casos los únicos días del año en que se reúnen padres e hijos.

Raúl y Fernando son dos nombres que se suman a los más de 200 guardias civiles asesinatos por ETA en estos años, que se unen a su vez a las más de 800 víctimas mortales de la banda terrorista, a los miles que sufren secuelas físicas y psicológicas por los atentados cometidos por ETA. Ninguna de ellas merece el olvido. Forman parte de un colectivo al que llamamos "víctimas", pero no deben ser tratados como un grupo que se mueve en determinado sentido: detrás de todos y cada uno de los nombres de esas víctimas hay una historia individual, unos padres, hermanos, novias o hijos, una trayectoria truncada y unas ilusiones que se han quedado atrás.

Los dos guardias civiles asesinados en Capbreton llevaban poco más de tres años en el Cuerpo, al que también pertenecían sus padres. Vivieron la vida de los guardias civiles y eligieron seguir viviéndola a pesar de que conocían mejor que nadie su dureza. Pero su vocación de servicio y su patriotismo estaba por encima de cualquier condicionamiento, incluso del riesgo de muerte. Hacemos cábalas sobre cómo se produjo su asesinato, pero no podemos olvidar que más importante que recomponer el escenario de lo ocurrido es que hay dos rostros, dos nombres, dos muchachos con una historia; corta, pero historia.

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