Fragmentos

Juan Ruesga Navarro

"Recuerdo de Sevilla"

SEVILLA es una ciudad con un fuerte atractivo para los forasteros desde hace muchos años, siglos podríamos decir, si pensamos en todos los que se reunían en nuestra ciudad desde el Descubrimiento de América. Banqueros, mercaderes, navegantes, militares, escribanos, monjes, caballeros sin fortuna, pícaros y otros muchos oficios venían a Sevilla, atraídos por los dineros que pasaban de mano en mano para formar las flotas de Indias. Alimentos y bebidas, equipos de labranza, animales de tiro, cacharrería de todo tipo de nuestros alfares, etc. Comprados en muchos casos a crédito, a cuenta de los beneficios que rendirían las remesas de plata y oro americanos.

Pero es en el siglo XIX cuando surge una nueva manera de querer visitar Sevilla. Los viajes por Europa de los jóvenes ilustrados ingleses y centroeuropeos primero y después los escritos y comentarios de los llamados viajeros románticos, generaron un atractivo hacia ciertos países y ciudades, entre las que se encontraban Andalucía y Sevilla. Es el origen del turismo como actividad de ocio y conocimiento que poco a poco se convierte en una actividad económica entre nosotros. Aquellos visitantes, además de alojarse y otras necesidades básicas, se llevaban a sus ciudades de origen algunos objetos representativos de los lugares visitados. Algún recuerdo, o como decían esos primeros turistas, un souvenir. La cerámica popular estaba entre los objetos demandados. Azulejos y cacharros comienzan a fabricarse con ese exclusivo fin, sin la utilidad funcional que justificó su origen y desarrollo en otro tiempo. A ellos se unen cacharros de cobre y latón bruñidos. Pero el principal atractivo entre los viajeros más ilustrados eran los óleos, acuarelas, dibujos o grabados que representaban estampas y tipos populares. Toreros, caballistas, bandoleros, escenas de baile y fiesta y todo lo que lo rodeaba. Así era como nos veían y eso les dábamos. Parte verdad y parte fantasía de sus escritores y los nuestros. Parte testimonio y parte imaginación y creatividad de nuestros pintores. ¿Qué otra cosa es, sino fantasía romántica la pintura costumbrista sevillana? Muchos de nuestros grandes pintores de la época y hasta bien entrado el siglo XX, han vivido de estas obras, realizadas con destreza y en unos tamaños discretos que permitían ser embaladas con los baúles de los viajeros, para colgarlas en los salones y bibliotecas de sus casas como muestra de gusto sofisticado y testimonio de sus viajes. Antes fueron las vistas de Venecia al estilo de Canaletto y después las estampas pintorescas pintadas o dibujadas por los Domínguez Bécquer y Cabral Bejarano. Camino que siguieron otros muchos, de mayor o menor renombre como Jiménez Aranda, Roldán y Martínez, Barrón y Carrillo, García Ramos, Gonzalo Bilbao y Hohenleitter.

Puede que a algunos les escandalice que Sevilla sea una ciudad volcada al turismo, y que se transforme con ese fin, como ocurrió con el barrio de Santa Cruz. Pero en realidad, los sevillanos que vivimos en la actualidad sólo hemos conocido eso: una ciudad dedicada al "Recuerdo de Sevilla".

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