Opinión

José Luis García-Palacios Álvarez / Presidente De / Asaja-Huelva

Reflexiones agrícolas: el ibérico

LAMENTABLEMENTE, hoy no hay sector que no esté condenado a una profunda reconversión, probable ruina y/o difícil recuperación. Nada nuevo para la agricultura, casi experta por el endemismo de la situación; Bruselas decidió hace tiempo que el sector no merecía ser estratégico, si acaso merecedor sólo de unas ayudas con tendencia a desaparecer.

La dehesa es otro sistema productivo que se precipita a la incertidumbre. Y le acompaña un sector íntimamente ligado a ella: el cerdo ibérico, otra víctima del despropósito y el abuso interesado.

Después de renacer de sus cenizas tras la peste porcina africana, vive momentos dramáticos. Aquel renacer permitió que volvieran a florecer las industrias cárnicas, generando riqueza y empleos. Los ganaderos reiniciamos el camino de la selección de una raza única y de la inversión en la dehesa.

En aquellos años 80 diseñamos las denominaciones de origen. Pero los ganaderos e industriales entendimos que, además, se precisaba un ordenamiento, unas reglas de juego que fueran base del éxito.

Estas inquietudes se trasladaron a la administración. "Necesitamos -dijeron nuestros representantes al Ministerio- una normativa que dé transparencia a lo que hacemos, que regule las producciones por su origen y normalice las calidades". Uno por la culata y la otra en la espalda. Los "nuestros" tenían (y tienen) unas ideas tan lúcidas que entonces estimaron reconvertir el origen de todo el sector: a partir de ahora la raza ibérica sería el ibericodurocjersey, individuo resultante de madre ibérica y cerdo blanco, cruzado al 50%, mucho más precoz por ser un "híbrido racial". Pero sobre todo es un animal "anzuelo", que aprovechando su cualitativa denominación, engancha. Ahora, al ibérico sin cruce hay que distinguirlo con el adjetivo "puro", y hacerlo además con cierta prudencia ("¿et tu quoque Bruto fili mi?"). Se diseñó una Norma de Calidad que nació con más taras que virtudes, tantas que tres años después hubo que modificarla. Pero lo más grave ya había sucedido. Hoy, las nefastas consecuencias de esta "inteligente" maniobra se cuentan por cada una de las miles de cerdas ibéricas que hemos tenido que sacrificar; por las centenas de millones de euros de pérdidas del sector productor y por los cientos de miles de hectáreas de dehesa que ven peligrar su conservación a causa del hundimiento de la rentabilidad.

En este oscuro túnel, la aprobación de una IGP (Identificación Geográfica Protegida) podría suponer el rayo de luz que permita volver a iluminar el camino. Tanto en España como en Europa existen ejemplos de esta figura de protección, teniendo todos una columna vertebral basada en tres principios: exclusividad geográfica, garantía en sus orígenes y calidad del producto. Si se vulneraran sus principios, empezaríamos el camino hacia lo globalizado, con la consiguiente pérdida de identidad, control y deslocalización.

La Administración debe reaccionar. Es vital que se posicione y sea coherente. Es la única fórmula para fijar la credibilidad y garantizarnos continuidad. Cuando se consigue hacer lo mejor, queda por hacer lo más importante. Cuenten con que lo haremos. Y pese a quien le pese: al pan, pan, al vino, vino, y al Ibérico... Ibérico y puro.

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