Editorial

Renuncia tardía en un partido que se tambalea

SI no fuese porque al PP le sonríen las encuestas, los últimos meses del Gobierno de Mariano Rajoy se parecerían a los finales de Felipe González, asediado por los casos de corrupción ligados a la financiación del partido y a otros particulares no menos sonrojantes. Esto es lo que ha ocurrido con el ministro José Manuel Soria: su participación en varias sociedades opacas residenciadas en Bahamas y Jersey es un asunto personal, pero que mancha su actividad como político, puesto que la ocultación de empresas detrás de estas firmas sólo tiene como objetivo el desvío de fondos que debían ser pagados como impuestos, que es el sustento de la Administración del Estado. Desde que se publicaron las primeras informaciones sobre la sociedad de Soria en Panamá, el ministro de Industria sólo ha podido dar informaciones y contrainformaciones, argumentando olvido ante un tiempo pasado, aunque fue avisado 15 días antes de la existencia de estas revelaciones. El laberinto en el que poco a poco se ha ido metiendo Soria ha sido perceptible para la opinión pública y para su propio partido, el PP, cuya dirección ha forzado su renuncia a las funciones que tenía adjudicadas en un Gobierno interino. Por eso no cabe legalmente ni la dimisión formal ni su sustitución, no son posibles en un Gobierno en funciones, lo que le otorga cierto sabor esperpéntico a la situación. El caso de los papeles de Panamá, el de Granada, los de Madrid y los irresueltos de Valencia se van sumando en un partido que no ha sabido hacer frente a sus escándalos ni tiene voluntad de revisar su pasado, porque ése es el problema del PP, son ocho años en los que ha actuado de modo irregular allí donde ha sido poderoso, en Madrid y en Valencia. El caso de Rato, que fue uno de los delfines de Aznar, culmina un periodo vergonzante. Una nueva generación en el PP, liderada por sus vicesecretarios generales y por la vicepresidenta, viene clamando por un cambio en el partido. Ya está tardando demasiado. Mientras los populares no renueven todas sus direcciones y principales dirigentes, el partido estará expuesto a los detalles de un pasado que pudo ser glorioso en lo electoral, pero no en lo ético. Hay quien sostiene que los partidos no se regeneran hasta que pierden unas elecciones, porque es entonces cuando la dirección carece de la legitimidad de las urnas, la única que la mantenía. El PP debe hacerlo ya, cuanto antes, y si es antes de las elecciones generales, mucho mejor.

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