La tribuna

josé Eduardo Muñoz Negro

Republicanismo y comunicación

LOS símbolos son lo que son siendo otra cosa que ellos mismos, decía el filósofo Paul Ricoeur. Los símbolos hacen pensar, añadía. Hace pensar el trajín que nos traemos con los símbolos de las Españas. Aunque no somos una excepción, ahí está toda la polémica que está trayendo el uso de la bandera confederada en algunos estados del sur de EEUU, como símbolo y soporte de la segregación y la violencia racial. Esta pasada semana, la imagen de la retirada del busto del rey Juan Carlos del Ayuntamiento de Barcelona no sólo ha ocupado la primera plana de los medios de comunicación, sino que también hace pensar, porque en sí misma pretende configurarse en símbolo de un nuevo tiempo político.

La reciente aparición a la americana de Pedro Sánchez con una gran bandera española detrás, anunciando que sería el candidato del PSOE a la Moncloa, también suscitó entrecruzados debates sobre mercadotecnia, comunicación política y simbólica, identidad, patriotismo o consenso constitucional. La cuestión es si toda esta política de gestos simbólicos es eficaz como herramienta política.

Efectivamente y volviendo al principio, los símbolos apuntan a realidades profundas. En la crisis se expresan malestares simbólicos, como las pitadas al himno o la retirada del busto del Rey, que son expresión de graves conflictos materiales. El crecimiento económico, el consumismo y la posmodernidad parecían haber amortiguado el conflicto simbólico. El becerro de oro ha ocultado durante todo este tiempo los problemas de diseño de una Transición que desarrolló caciquismo autonómico, partidos verticales y gobernados por élites clientelares y un déficit de reconocimiento en materia de memoria histórica e identidades nacionales, que se ha ido haciendo evidente conforme la crisis avanzaba.

De ahí la corrupción y la falta de una conciencia nacional verdaderamente integradora. La rebelión catalana es el último ejemplo de esto último. En España, durante la crisis se han roto muchas cosas. Hay cosas que nunca tenían que haber pasado, como la ola de desahucios, por ejemplo. El ingenuo buenismo acerca de la Transición ha muerto. La pregunta de fondo es cómo resolver aquellas cuestiones a las que apunta todo el conflicto de símbolos en el que estamos inmersos.

Los respectivos gestos de Colau y Pedro Sánchez, que tienen de telón de fondo el republicanismo generan dudas sobre su comunicación política y simbólica. En ese sentido no es lo mismo parar un desahucio que retirar el busto del rey Juan Carlos. Lo primero te hace ganar legitimidad en la lucha por la justicia social, lo segundo genera dudas sobre tu capacidad para gobernar instituciones plurales donde debes convivir con gente que no piensa como tú. Sobre todo si lo haces de tapadillo "ya no es el Rey", lo que es de una gran torpeza: rápidamente el edil del PP trajo uno del Rey actual, consiguiendo así un impacto gratuito.

El planteamiento republicano aspira siempre a convencer, a seducir, a ser punto de encuentro. Si en España alguna vez hay una república, será por su capacidad para generar mayor cohesión material y simbólica que la monarquía. En este sentido ha sido un gesto fallido, que intensifica las aristas del personaje sin hacerle ganar en consistencia ideológica y política. Por el contrario, Manuela Carmena está utilizando un lenguaje político mucho más amable, sin renunciar en absoluto al fondo ideológico. Eso le hace ganar enteros, sin duda.

Si la tentación de Colau es la del radicalismo en las formas, la de Pedro Sánchez es la contraria. La del centrismo como lugar, no de la prudencia, sino del punto en el que se disuelven las ideologías. En comunicación, el recurso a cosas de gran tamaño denota ciertos complejos y carencias. Lo que se subcomunica es que tienes algo que demostrar y cuando tienes algo que demostrar es que no te sientes seguro de eso. La memoria de los 136 años de historia del PSOE es republicana, aunque acepte y respete la bandera constitucional. Ese es su código simbólico e identitario.

Si el PP se ha apropiado de la bandera constitucional no sólo es por los pecados originales antes apuntados, sino por la inexistencia de un republicanismo cívico que rompa el enfrentamiento político y simbólico entre el nacionalismo español y los periféricos. Se puede ser español sin ser nacionalista español y reconociendo la plurinacionalidad, nación de naciones, del Estado. Esa es hoy la tarea del republicanismo cívico.

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