La tribuna

Luis Gómez Jacinto

Riesgo por amor

Hace unos días se ha inaugurado en Málaga la restauración de la chimenea de la antigua fábrica de plomo de Los Guindos. Este resto de la historia industrial malagueña forma parte del mapa mental de la ciudad y también de su pasado emocional. La impresionante torre de casi cien metros de altura tiene su propia historia de amor que alguien ha tenido la feliz idea de recoger en una placa conmemorativa a los pies de la chimenea.

Hace 15 años la torre amaneció con una gran pintada vertical: MÓNICA. Un arriesgado joven había pasado la noche colgado de la torre y pintando sus ladrillos refractarios con el nombre de su amada. Un gesto amoroso que tuvo su recompensa pues Mónica y su intrépido amante siguen juntos y la torre, desde entonces, tuvo nombre de mujer. ¿Locura de amor? Como dijo Heine: "Es un pleonasmo. El amor es ya una locura".

La historia de la humanidad puede contarse a través de amores con importantes dosis de locura, de riesgo, de violencia. Hay en nosotros una cierta predisposición al comportamiento temerario como forma de conseguir la atención amorosa. Esta inclinación es particularmente característica del comportamiento masculino. No es difícil ver a varones jóvenes de las más variadas culturas involucrados en acciones inútiles que ponen en riesgo sus físicos; en disputas gratuitas que, a veces, les cuestan la vida. Muchas -si no todas- de estas conductas están ligadas al comportamiento amoroso. Decía Charles Darwin que "la estación del amor es también la de la lucha". Lo es así para la mayoría de las especies animales y, seguramente, lo es también para nosotros.

Es un dato comprobado transculturalmente que los hombres son responsables de conductas arriesgadas que les llevan a fallecer en una proporción entre dos y cinco veces más elevada que las mujeres. Esta mortalidad diferencial debida a factores externos, como los accidentes de tráfico o las agresiones, tiene su pico más alto entre los 15 y los 35 años. La diferencia puede observarse también en las estadísticas judiciales que recogen conductas violentas, como asesinatos, agresiones y violaciones. Son los hombres jóvenes los principales responsables de tanta desolación. Y es que como sentenció George Bernard Shaw: "Cuando queremos apreciar las proezas que se han hecho en función del amor, ¿a qué sitio miramos? A la columna de homicidios".

Muchas de las conductas arriesgadas y violentas de lo jóvenes machos del homo sapiens tienen su origen en el deseo ancestral de emparejarse. Desde los tiempos más remotos, los machos y las hembras de las más diversas especies animales -también de la nuestra- han desarrollado las características adaptativas que más beneficios reproductivos proporcionan a sus propietarios. Es la denominada selección sexual, que se centra en los rasgos que proporcionan una ventaja en la atracción de una pareja, incluso aunque puedan dificultar la supervivencia individual. Hay dos tipos de selección sexual: La elección intersexual, en la que un rasgo proporciona una ventaja porque es atractiva para el sexo opuesto. Es el caso de las llamativas plumas del pavo real. La segunda forma es la competición intrasexual, referida a los rasgos que proporcionan una ventaja porque ayudan al animal a competir con rivales del mismo sexo. Los cuernos, en sentido nada metafórico, de algunos mamíferos son un exponente de esta manera de selección. También los jóvenes machos del homo sapiens provienen de ancestros que participaron en la competición arriesgada por el acceso a las mejores hembras. En los hombres paleolíticos hay una mayor competencia intrasexual: son más fuertes y grandes que las mujeres, compiten entre ellos en fuerza física, maduran unos dos años más tarde, se exponen a un mayor número de actividades arriesgadas, mueren 7 años más jóvenes que las mujeres. La evolución les ha dotado de adaptaciones para la violencia extrema en determinadas circunstancias. Muchos asesinatos se relacionan estrechamente con la competición reproductiva. A lo largo de la historia humana, la violencia masculina, la competición contra otros hombres, las conductas peligrosas podían ser ventajosas si favorecían el emparejamiento, aunque ello llevase a los hombres a una muerte prematura. Como alguien dijo: "Vive rápido, muere joven y deja un cadáver hermoso".

Afortunadamente, el mundo actual no requiere de los hombres capacidades tan peligrosas para su propia supervivencia y la caza no es ya la peligrosa forma de conseguir comida. Sin embargo, los jóvenes machos de la era digital siguen teniendo un fuerte impulso para la competición cuando entran en el "mercado de la reproducción". Entablan confrontaciones peligrosas cuando la recompensa es un incremento del estatus social. Entran más fácilmente en una escalada de disputas triviales cuando pueden "perder la cara" en presencia de otros hombres o en presencia de potenciales parejas. El éxito o fallo competitivo en los años adolescentes pueden tener un impacto a largo plazo sobre el éxito reproductor de los varones. Muchas veces los actos de arrojo realizados ante una audiencia no tienen como único objetivo atraer a una pareja; se pretende también impresionar a los iguales y cultivarse una reputación. Desde ese punto de vista, es claro que el valeroso enamorado de Mónica consiguió ambos objetivos.

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