Visto y oído

Francisco Andrés Gallardo

Romanos

ES un crimen en el foro. La emisión compulsiva de capítulos de Roma, y a las tantas en una semana de vacaciones y con el público en la calle, impide paladear como se debe una obra maestra de este calibre. Sólo queda la lotería de la grabación del dvd y esquivar los numerosos cortes publicitarios a los que está siendo sometida la serie. La conmemoración de la muerte y resurrección de Cristo no debería ser la excusa para llenar ahora la parrilla de romanos sin más. Y más, como es en el caso de Cuatro, cuando no se tiene la suficiente confianza en la revisión de la historia latina.

La segunda temporada de Roma, más lograda aún que la primera, arranca tras el asesinato de César, y se afana en presentar paralelismos de aquella sociedad en crisis con la actual: el mundo global de hoy es un remedo refinado y extendido de la última gran capital de la Antigüedad. Drogas, sexo y corrupción.

Ya sé que estamos en la era de Escenas de matrimonio y Al pie de la letra, pero hubiera sido el remate del tomate que, a modo de contenido extra, previamente se hubieran ofrecido al espectador pinceladas didácticas sobre los hechos que narra la serie, perfecta en su ambientación y novedosa en su planteamiento. Pero claro, estamos en el siglo XXI televisivo, donde el sofalícola es simplemente un consumidor que, si no paga, traga. Con anuncios. De la restauración de los personajes se podrían destacar a Cleopatra, tan feúcha y redondeada como arpía y trepa; y el gran protagonista, el niñato Octavio Augusto, que tras su apariencia de bambi que juega a la guerra es un indeciso bicho de armas tomar. Lo dicho, historia de la actualidad.

Roma merecería otro horario y otra dosificación. Y el espectador andaluz no se merece perder durante la Semana Santa un programa como Andalucía Directo. A ver si pagan mejor a sus trabajadores.

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