la ciudad y los días

Carlos Colón

Rompe la gloria en San Isidoro

LO aguardaba desde 1613. Ese año pintó Roelas su Tránsito de San Isidoro como retablo mayor de la parroquia dedicada al santo sabio sevillano. 55 años más tarde la Hermandad de las Tres Caídas llegaba a esta parroquia procedente de la iglesia de Santiago. Ese mismo año de 1668, dado que el cura de Santiago había encadenado la imagen del Señor de las Tres Caídas que labrara Pedro Nieto para que los cofrades no se la llevaran, la Hermandad encargó a Alonso Martínez la conmovedora talla a la que desde entonces da culto.

344 años han vivido juntos el cuadro retablo de Roelas y el Señor de las Tres Caídas, sin encontrarse. Tres siglos y medio han debido pasar para que al montarse más sobrios altares de culto que prescinden de la alta arquitectura y el dosel que ocultaban el lienzo, cuadro e imagen se encuentren. Y al producirse el encuentro se diría que Roelas hubiera pintado su cuadro para dar aún más gloria al Señor de las Tres Caídas.

Situado el Señor ante la parte inferior del enorme lienzo, y no estando centrada la figura del santo, parece que el propio San Isidoro esté arrodillado adorándolo con las manos unidas, como se representan las visiones místicas de los santos a quienes Cristo se les apareció.

Quienes a su alrededor lo sostienen y confortan parecen también rendirse a la piedad que suscita el abatimiento del Caído. El personaje revestido con un alba blanca que se oculta con las manos el rostro para que no se vea su llanto, parece llorar transido de compasión al ver la humillación de su Señor.

Los ángeles músicos que ocupan la parte central del cuadro representan la gloria que le aguarda una vez que todo se haya consumado, en perfecta armonía con las potencias de oro y la túnica bordada que proclaman que en esta debilidad caída está la fuerza de Dios, que al final triunfará la víctima y no el verdugo. En su parte alta le aguarda su Madre sosteniendo entre las manos la corona de la Resurrección que sustituirá a la de espinas. Junto a ella está Jesús mismo resucitado, proclamando que las imágenes se tallaron como se escribieron los Evangelios, del final al principio, a la luz de la Resurrección. Porque no son representaciones históricas con un final incierto nuestras sagradas imágenes, sino proclamación del triunfo del condenado.

Rematando el retablo, esculpido fuera del lienzo, Dios Padre contempla al Caído como si el Calvario que tan penosamente asciende fuera el Jordán, cuando su voz rompió los cielos para proclamar: "Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto, en quien me complazco". Como una protestación de fe pintada y esculpida, rompe hoy la gloria en San Isidoro.

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