Primavera sagrada

Fco. Javier Rodríguez Barberán

Ronda de ausentes

ESTE año mi padre no podrá vivir la Semana Santa. Creo que jamás me preguntó por qué yo escribía y hablaba tan a menudo sobre ella. No era aficionado a los interrogantes, y éste no tenía que plantearlo: desde pequeño me había hecho notar lo importante que era, y le bastaba con saber que, como él, yo también la esperaba con impaciencia. Al igual que otros muchos sevillanos, no necesitaba formar parte de la nómina de una hermandad o vestir una túnica para adentrarse en la plenitud de estas fechas con ilusión. Sólo fue nazareno de San Juan de la Palma unos pocos años de su adolescencia, pero dejó de salir acompañando a la Amargura y nunca más volvió a cubrirse con el antifaz. Cambió la estación de penitencia por la compañía de mi madre, por su dedicación a los niños incansables que fuimos mi hermano y yo -cuántas noches llevándonos de la mano o en brazos por las calles de la Macarena, de San Julián, de la Alfalfa, de Santa Catalina …-, por su alegría cuando decidimos salir en San Esteban y yo, más adelante, en las Siete Palabras -probablemente bajo nuestros antifaces volvíamos a ser para él, de un modo misterioso, aquellos niños- y, por fin, por el oficio simbólico de pavero al ver a los nietos transformados en monaguillos y precoces nazarenos.

Hizo bien mi padre, como un buen número de los nacidos en la ciudad o de los que se han acercado con cariño a ella, en vivir la Semana Santa, sin más. Sólo amarla, quererla con ternura y disfrutar del inmenso regalo que la misma supone. Era dichoso contemplando todo ese mundo que a lo largo de los años se había desplegado ante él, y estoy seguro de que su mirada no hubiera mantenido la limpieza de la infancia -Juan de Oviedo, Jesús del Gran Poder, Alameda, San Lorenzo …- de haber intentado entenderla o de haber cedido a la melancolía del tiempo perdido. Acertó de lleno al no plantearse que alguna de las Semanas Santas que disfrutó sería la última, y que también en la fiesta el número de los ausentes se hace cada vez más grande, porque todos estamos llamados a integrar su ronda un año de éstos. Ahora es uno de ellos, y podrá acercarse sin miedo a la bulla a todas esas esquinas y esas calles donde fue tan feliz y donde algunas personas lo recordaremos siempre.

La próxima Madrugada, tras haber cumplido con mi tiempo de ruán, ése que me hacen cercano tantos amigos que visten entonces su túnica negra o que anhelan vestirla, me encaminaré hacia San Juan de la Palma en busca de la Esperanza. Cuando la vea acercarse en su paso, custodiada por la serena belleza de las letanías -Estrella de la Mañana …-, no tendré que hacerme la pregunta de siempre: este año sabré con toda seguridad la causa del llanto que ni puedo ni quiero contener cuando veo a la Macarena con las primeras luces del día. Será por mi padre, y con él por las personas que, amando la Semana Santa, no alcanzarán a verla más; tendrá la tristeza de la ausencia, pero sobre todo la alegría que nos regala el rostro de la Esperanza. A Ella irá entonces mi oración.

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