LA comisaria de Justicia de la Unión Europea, Viviane Reding, ha anunciado su propósito de expedientar a Francia por su política de expulsión de los gitanos, en abierta violación del derecho a la libre circulación de los ciudadanos, que constituye un principio básico de la Europa comunitaria.

El Gobierno de Sarkozy se ha pasado de frenada represiva en su lucha contra la inmigración irregular. No sólo ha atentado contra los derechos fundamentales de ciudadanos de pleno derecho de la Unión -los rumanos lo son tanto como los franceses-, sino que ha tratado de engañar a toda Europa sobre las motivaciones y el contenido de su actuación.

Su argumentación era aparentemente intachable: no se trataba de una deportación colectiva ni se estigmatizaba a ningún grupo por su identidad étnica o nacional, sino que se perseguía a individuos concretos que habían entrado ilegalmente en Francia y que vivían en condiciones de alta proclividad al delito. Aparentemente, porque al final cantó la gallina. Alguien ha descubierto y publicado la circular remitida el 5 de agosto por el Ministerio del Interior a los prefectos franceses ordenando que la Policía desmantelase los campamentos de inmigrantes irregulares.

No era una circular genérica, sino bien concreta. El presidente de la República, decía, ha fijado objetivos precisos para el derribo de los campos de inmigrantes irregulares: "Trescientos campamentos deberán ser desmantelados en tres meses, tomando como prioridad los de los gitanos rumanos". Escrito está, pues. O estaba, porque el ministro del Interior ha redactado una nueva circular en la que el objetivo siguen siendo los campamentos de irregulares, pero "sean los que sean sus ocupantes". La diferencia es sustancial.

No es lo mismo reprimir a individuos concretos que cometan delitos que marcar con el estigma y la persecución a todos los miembros de una minoría étnica. Lo primero es una obligación de cualquier Estado, y Europa la complementa con políticas restrictivas frente a la inmigración ilegal (cupos, expulsiones, devoluciones) que con la crisis están siendo aceptadas sin mayores problemas. Lo segundo, la represión indiscriminada de todos los miembros de una etnia, no se veía en Europa desde que acabó la Segunda Guerra Mundial. Se acerca mucho al racismo, una solución de los gobernantes populistas desbordados por el malestar social ante el empobrecimiento y la inseguridad y por la marea alta de las ideologías de ultraderecha.

Sarkozy debería avergonzarse de esta marcha hacia atrás de Francia, con más de dos siglos de historia como tierra de promisión y asilo, y unos años, ahora, de encierro, hostilidad y deportaciones.

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