Visto y oído

Antonio Sempere

Saber Vivir

Manuel Torreiglesias, el hombre que defendía con celo su Escuela de salud de hace treinta años, cumple su undécimo aniversario al frente de Saber vivir, a las puertas de las 2.300 ediciones. No pude menos que pensar en las buenas formas del alma mater del programa y de sus entregados colaboradores cuando, el primer día laborable del año, acudí a la consulta de medicina general. Por vacaciones del médico de cabecera, y a falta de sustitutos, me recibió uno de los doctores que se quedaron de guardia y tuvieron que repartirse el cupo de los que se habían tomado la semana libre. No parecía este hombre muy entregado a su labor. La lista de los cuarenta pacientes que debía atender de una tacada no éramos más que eso: números a los que liquidar lo antes posible. Nada más verme aparecer por la consulta me dejó muy claro que yo era algo así como un infiltrado, una historial intruso que se sumaba a la ya de por sí prolija lista de tres pacientes que atender cada cuarto de hora por espacio de cuatro horas. Por no guardar las formas, ni siquiera me felicitó el año ni aludió a los formulismos impuestos por las fechas. Vamos, que el hombre no tenía el chichi para farolillos, que diría con salero mi amigo Txema Martín. Y ni siquiera mi amplia sonrisa logró modificar su humor. Parece como si este señor no supiese vivir ni disfrutar con su trabajo, porque había convertido el mismo en lo más parecido a una labor administrativa y burocrática. Aunque no sea justo generalizar, sí es bueno poner sobre la mesa un caso que por desgracia no es un único. Si los profesionales de la medicina pusieran la mitad del empeño y la ilusión en su consulta diaria, llueva o haga sol, que la que transmite Manuel Torreiglesias, todos estaríamos de enhorabuena. También los médicos, que evitarían las hostilidades que ahora encuentran.

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