La ciudad y los días

Carlos Colón

¿Sabes que Pepiño apoya a Obama?

CADA vez estoy más convencido de que en nuestro país la ideología es un complemento que adorna el carácter, embelleciéndolo o afeándolo, sin cambiarlo en lo sustancial. Lo español puede muchísimo más. La prueba más reciente es el comentario de don José Blanco sobre la victoria de Obama, que desde el miércoles está siendo celebrado con más carcajadas que las empanadillas de Encanna de Martes y 13 o la Omaíta y la Antonia de Los Morancos. Con el mismo tono con el que hablaba el rancio caballero que interpretaba Alberto Romea en Bienvenido Mr. Marshall, el señor Blanco ha escrito en su blog: "Me he resistido en estos últimos meses a confesar públicamente mi simpatía hacia Barack Obama para no interferir en lo más mínimo en el proceso de elección que estaba desarrollando el Partido Demócrata. Quienes me han pedido un pronóstico en privado saben que, sin lugar a dudas, aposté claramente por Obama".

No me digan que no suena a la España de charanga y pandereta, sainete y astracán, rancio orgullo y ciega prepotencia; a la España de oscuros despachos neorrenacentistas con cabecitas asomándose de sus tondos y escribanía de cuero con motivos cervantinos; a la España del adusto administrador de una obra de los Álvarez Quintero que, por estar posando para un retrato así vestido, se pasaba la obra vestido de caballero del XVI; a la España de Aurora Bautista, cartón piedra y pelucón; a la España que en el 98 creía que venceríamos a los americanos y en el 40 que Franco engañó a Hitler; a la España de bravatas de casino y gacetillas. No me digan que la cautela del señor Blanco, al reprimir la expresión de su simpatía hacia Obama para no interferir ni una mijita en la política estadounidense, no tiene ese españolísimo aroma patéticamente bravucón, grotescamente rancio y hasta entrañablemente ajeno a la realidad.

Un hombre responsable, desde luego; consciente de la extensión e influencia mundial de sus opiniones; avisado de que la expresión de sus simpatías podía influir en las elecciones norteamericanas, perjudicando a un candidato y favoreciendo a otro; lo suficientemente prudente como para evitar que en los pasillos de Washington, en la calle 43 de Nueva York, en los equipos de los candidatos o entre los miles de asistentes a las convenciones, corriera como la pólvora la tremenda noticia: "¿sabes que Pepiño se inclina por Obama?". Prefiero no pensar lo que hubiera pasado; porque es sabido que cuando Pepiño estornuda, el mundo se resfría. Menos mal que es un hombre prudente y, consciente de su fuerza, sólo ha confiado su simpatía hacia Obama "en privado".

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