alto y claro

José Antonio Carrizosa

Sánchez Gordillo y los jurdeles

VAMOS a ir treinta años para atrás. La frase se puede escuchar desde hace meses en cualquier tertulia de bar, en cualquier conversación delante de un periódico lleno de noticias de recortes y de cómo los derechos que creímos ingenuamente que formaban parte ya para siempre de nuestras vidas hoy se ven algo más que discutidos. Ahora, con el segundo rescate que se nos viene inexorablemente encima, hasta la pensión o la prestación por desempleo están en el alero y tendremos que seguir con el cinturón estrangulándonos hasta no sabemos cuándo. Que vamos para atrás lo pensaba en este verano extraño, que no termina de acabar en Sevilla, con el patético Sánchez Gordillo recorriendo las carreteras de Andalucía, puños en alto y banderas blanquiverdes, para ocupar lo que se le ponga por delante, ya sean fincas o supermercados en una escenografía que si en los años ochenta podía llamar la atención por romántica hoy sólo es una mascarada exótica que vende en el extranjero la imagen de España que más nos puede perjudicar. También nos llevaba treinta años para atrás la campaña de cuñas radiofónicas, tremendamente añeja y supongo que eficaz, de una entidad financiera que hoy es la única que queda de lo que un día quiso ser, y no pudo, un sistema financiero andaluz. Una campaña publicitaria que habla de forasteros incapaces de comprender nuestros problemas y que se cierra con una sevillana reivindicativa que le cambia la letra a otra que hizo furor en los inicios de la Transición: ahora no nos pide despertar para liberarnos de las cadenas, sino para defender nuestros jurdeles de mano ajena. Los jurdeles, como seguramente ustedes no saben o no tienen por qué saber, son nuestros dineros que se habrían llevado a otros sitios. Mensajes, ya digo, que parecen sacados de uno de esos libros de épica histórica andalucista que tanto prodigaron en los años de bonanza Junta o diputaciones.

Todo muy de otra época, como si de repente los fantasmas de un pasado en blanco y negro retratado con maestría por un Pablo Juliá se nos hubieran puesto por delante para decirnos que el sueño se ha acabado y que comienza la pesadilla. Con Sánchez Gordillo levantando puños y con los jurdeles en mano ajena volvemos para atrás, como si el esfuerzo de toda una generación que luchó para que España, y Andalucía de manera muy destacada, dejará atrás las lacras que la mantenían más cerca del tercer mundo que del primero no hubiera servido para nada. Como si Europa pasara a ser de pronto un castigo en vez del ideal que nos iba a proyectar hacia el futuro.

El verano ha sonado a rancio en la Sevilla todavía más adormecida que lo que en ella es habitual. El otoño, el nuevo curso, arranca con el "estricto" rescate encima de la mesa, seguramente porque no nos queda otra. Pero con la sensación amarga de que caminar para atrás, como los cangrejos, no ha sido nunca una forma de avanzar.

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