El tránsito

Eduardo Jordá

Sanidad pública

DEBERÍAMOS estar orgullosos de que la Seguridad Social sea un servicio público al alcance de cualquier persona, ya sea inmigrante o no. Hay gente que lo considera un abuso o un despilfarro, pero yo creo que no hay mejor forma de invertir el dinero de nuestros impuestos. Ya sé que hay sistemas -como el norteamericano- que dejan a los ciudadanos a merced de su previsión o de su buena suerte. Si se pagan un seguro privado, los ciudadanos tienen derecho a unos servicios sanitarios de calidad. Si no lo pagan, tienen que conformarse con una especie de enfermería de presidio decimonónico. En 1944, cuando era un inmigrante pobre recién llegado a los Estados Unidos, Vladimir Nabokov sintió un súbito ataque de vómitos, calambres y náuseas. Una ambulancia lo llevó a un hospital público, donde Nabokov se encontró tumbado en una camilla junto a un bebé negro que aullaba de dolor y un hombre que agonizaba, balbuceando: "¡Oh, hijito mío, no puedes hacerme esto a mí!". Por suerte, Nabokov consiguió ser rescatado de aquel hospital por una amiga rusa. Vestido con su pijama hospitalario, el escritor salió por la puerta principal y fue corriendo hacia el coche de su amiga, perseguido por dos celadores furiosos que gritaban que un paciente se estaba escapando del hospital. Ésa fue la última vez que Nabokov pisó un hospital público norteamericano. Y veinte años después, en una entrevista, dijo que esos hospitales le recordaban a los hospicios para dementes del siglo XVIII.

Hoy en día, la sanidad pública y gratuita para todo el mundo sigue siendo una quimera en Estados Unidos, y tan sólo la defienden algunos candidatos como el demócrata Barack Obama. En Europa, en cambio, la sanidad pública para todo el mundo, incluidos los inmigrantes sin papeles, es un servicio que nadie se atreve a discutir. Y esto, se mire como se mire, es un logro del que deberíamos estar muy orgullosos. Y eso -el hecho de que un servicio público que para nosotros es muy normal no lo sea para las tres cuartas partes del mundo- es lo que nos debería obligar a ser muy cuidadosos con nuestros médicos y con todo el personal sanitario. Y por desgracia no es así. Se ha vuelto una práctica habitual saturar las Urgencias por simples caprichos de los usuarios. Y cada vez hay más gente que insulta o que incluso maltrata y agrede al personal sanitario (y a los profesores, dicho sea de paso).

Todo esto es lamentable. Y por eso mismo no es ni fascista ni xenófobo exigir a los usuarios -ya sean españoles o extranjeros, comunitarios o inmigrantes--un buen uso de los servicios sanitarios y un comportamiento respetuoso con el personal que les atiende. De lo contrario, no tardaremos mucho en volver a los hospicios para lunáticos del siglo XVIII.

Etiquetas

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios